Fundamentos del Utilitarismo: Ética, Felicidad y Bienestar Social

Fundamentos del Utilitarismo

Esta teoría ética afirma que no hay criterios objetivos que permitan decidir qué es lo bueno y qué es lo malo, pues todo ello es producto de acuerdos humanos, inspirados en criterios de utilidad.

Por tanto, el utilitarismo sostiene que lo bueno, en definitiva, es lo útil para la felicidad o el bienestar de alguien. El utilitarismo es hedonista porque lo bueno o útil es lo que proporciona la máxima suma de placer. El hombre actúa siempre movido por la búsqueda del placer y la huida del dolor.

Sin embargo, sería más correcto considerarlo como un hedonismo social, ya que los humanos estamos dotados de sentimientos sociales cuya satisfacción es una fuente de placer. Entre estos sentimientos está la empatía, que consiste en la capacidad humana de ponerse en el lugar de otra persona, sufriendo con su sufrimiento y disfrutando con su alegría. La empatía nos lleva a extender a los demás nuestro deseo de felicidad y, a veces, incluso a hacer actos heroicos.

La Meta de la Moral

La meta de la moral consiste en alcanzar la mayor cantidad posible de felicidad o «bienestar» para el mayor número posible de personas. Ante dos cursos posibles de acción, actuará de forma moralmente correcta quien elija aquel que proporciona la mayor felicidad para el mayor número. Este principio, aplicado a la vida social, ha sido responsable del desarrollo del Estado del bienestar y de gran cantidad de reformas sociales.

La Ética Teleológica

Uno de los rasgos más genuinos del utilitarismo es ser una teoría moral teleológica, ya que las acciones humanas se justifican de acuerdo a la utilidad. En otras palabras, la bondad o maldad de una acción no está en la acción misma (en la intención con que se haga), sino en las consecuencias que de ella se derivan y en la utilidad que nos proporcione (por ejemplo, al mentir).

Diferencias entre Bentham y Stuart Mill

El cálculo de Bentham

Según el utilitarismo de Bentham, para actuar moralmente es necesario establecer una «aritmética de los placeres», en la que el bien son los ingresos y el mal los gastos; es decir, es preciso saber hacer un cálculo entre placeres y dolores, de tal modo que el balance resulte siempre positivo. Esa aritmética descansa en dos supuestos:

  • a) El placer se puede medir, porque todos los placeres son iguales en cualidad. Teniendo en cuenta criterios de intensidad, duración, proximidad y seguridad, se podrá calcular la mayor cantidad de placer.
  • b) Los placeres de las distintas personas pueden compararse entre sí para alcanzar un máximo total de placer.

La visión cualitativa de Stuart Mill

En cambio, Stuart Mill rechaza estos supuestos y afirma que los placeres no se diferencian por la cantidad, sino por la cualidad, de modo que hay placeres superiores y placeres inferiores. Las personas que han experimentado ambos son quienes están legitimadas para decidir cuáles son superiores y cuáles inferiores, y sucede que estas prefieren siempre los placeres intelectuales y morales. Por eso puede decir Mill que es mejor ser «Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho»: los seres humanos necesitan más para ser felices que los animales.