Filosofía presocrática y el liberalismo de John Locke: conceptos, autores y contexto histórico

Presocráticos

Las explicaciones míticas. Los seres humanos han tenido, desde las antiguas civilizaciones, la necesidad de encontrar respuestas sobre el origen del universo. En esas sociedades se recurría a mitos: narraciones protagonizadas por dioses y héroes que contaban sus hazañas y explicaban la realidad mediante causas trascendentes. Aunque las explicaciones míticas eran suficientes para muchos, surgió la búsqueda de respuestas racionales.

La organización política de la antigua Grecia estaba formada por ciudades-Estado o polis, que eran autosuficientes e independientes. Entre los cambios sociales y demográficos —crecimiento de la población, expansión del comercio y procesos de colonización— destacó Mileto como una metrópolis que en su época de esplendor político y cultural fue relevante para el pensamiento filosófico. De ese contexto surge el movimiento de los presocráticos.

Definición y objetivos

Los presocráticos fueron los primeros filósofos (s. VI-V a.C.). Estudiaron la physis y rechazaron las explicaciones basadas en los dioses y los mitos. Buscaron el primer principio de la realidad (arjé) que explicara el origen del universo mediante causas inmanentes y racionales. Se distinguen, de forma general, tres grandes orientaciones dentro de los presocráticos: monistas, pluralistas y otros desarrollos como los atomistas.

Presocráticos monistas

Los pensadores monistas sostienen que existe un único principio o sustancia primera que explica la realidad.

Tales de Mileto

Tales pensaba que ese principio (arjé) de la realidad era el agua. Para él la physis está viva; a algunos presocráticos que comparten esta idea se les llama hilozoístas. Tales buscaba el principio de la vida de la naturaleza, lo que la mantiene y hace que las cosas sean: creyó encontrarlo en la humedad. La desecación total supondría, en todo organismo, la muerte.

Anaximandro

Anaximandro argumentaba que el agua no podía ser el principio de la naturaleza porque está sujeta a cambio; el arjé debía ser lo que permanece a través de los cambios. Él proponía el ápeiron, lo indefinido o ilimitado: las cosas serían delimitaciones concretas de ese ápeiron; todo se genera de él y es él. Pensaba que el cosmos se originó a partir del ápeiron por la lucha de contrarios.

Anaxímenes

Anaxímenes consideraba que el arjé era el aire, porque parecía no tener límites. De él surgirían las nubes, la lluvia y, en tormentas, los rayos y el fuego. Creía también que el aliento humano, el aire del cuerpo, era el alma, lo que anima y da vida.

Pitágoras

Los pitagóricos identificaban el arjé con el número. Observando la naturaleza y los fenómenos, percibieron que las cosas parecían hechas por imagen y semejanza de los números; de ahí la armonía del universo y la regularidad matemática presente en distintos ámbitos.

El ser y el devenir

Heráclito de Éfeso

Heráclito defendía que todo lo que existe conforma una unidad en la que nada permanece: el mundo está sujeto a un cambio continuo, a un devenir que, para él, era lo esencial y originario. Nuestros sentidos nos engañan al mostrarnos cosas que aparentemente permanecen. «Todo fluye»: todo es un constante devenir, donde se manifiestan cualidades distintas de una misma cosa. El paso de una cualidad a otra se explica por la lucha de fuerzas contrapuestas. La ley universal que rige ese conflicto de fuerzas es, según Heráclito, un dios impersonal encarnado en un sustrato del que todas las cosas provienen y al que vuelven. Su arjé es el fuego, de donde surgen los demás elementos y a donde todas las cosas vuelven.

Parménides

Parménides distingue dos caminos en la búsqueda del conocimiento: el camino de la verdad absoluta (si utilizamos la razón) y el de la doxa falaz (si confiamos en los sentidos).

Camino de la verdad: usando la razón, llegamos a la conclusión de que el conjunto de la realidad —lo que él llama ser— es uno. Su concepción parte de que el ser es (existe), mientras que el no-ser no es (no existe). El tránsito del ser al no-ser implicaría la existencia previa de un no-ser hacia el que se pasa; el tránsito del no-ser al ser implicaría la existencia de un no-ser del que surge algo que empieza a existir. Para Parménides, el no-ser no puede pensarse ni hablarse, por lo que sólo el ser es pensable. Se deduce que el ser es no engendrado, incorruptible, inmutable, inmóvil, limitado, finito, uno y sin pasado ni futuro, ya que lo contrario implicaría transiciones imposibles entre ser y no-ser.

Camino de la doxa falaz: si seguimos nuestros sentidos habremos elegido el camino del error, porque los sentidos nos muestran cambios, movimiento y muerte que, para Parménides, no pertenecen a la verdadera realidad del ser.

Presocráticos pluralistas

Los pluralistas sostienen que hay varios principios o sustancias que constituyen la realidad, no sólo uno.

Empédocles

Empédocles acepta que «el ser es y el no-ser no es» y rechaza la transformación absoluta de uno en otro. Defiende la existencia del movimiento y el cambio y considera el nacimiento y la muerte como mezclas y disoluciones. Las sustancias que constituyen la realidad son el agua, el aire, la tierra y el fuego, consideradas «raíces de todas las cosas» que permanecen iguales. Estos elementos se unen y separan por la acción de dos fuerzas cósmicas: el amor y el odio. Cuando predomina totalmente el amor, los elementos se unen formando una unidad compacta (la esfera, momento de mayor perfección). Cuando predomina el odio, los elementos están separados.

Anaxágoras

Anaxágoras continúa el intento de solucionar problemas planteados por los eleáticos, que le parecen insuficientes para explicar la variedad de cualidades observables. Propone como elementos originarios las homeomerías: tantas «semillas» como cualidades; son cualitativamente infinitas y también cuantitativamente infinitas, pues cada una puede dividirse indefinidamente. El cosmos surge a partir de estas. En un principio todas estaban mezcladas en una masa indiferenciada; una inteligencia divina ordena la mezcla y hace que las semillas se dispongan para conformar la realidad. Para Anaxágoras «todo está en todo».

Los atomistas: Leucipo y Demócrito

Leucipo y Demócrito defendieron que nacer y morir es agregarse y separarse de elementos. Concebían cuerpos infinitos en número e invisibles: los átomos. El movimiento de esos átomos y su agrupamiento por semejanza daría lugar a las cosas observables.

Transición hacia el s. V y la aparición de los sofistas

En el s. V a.C., por la influencia de la democracia y del comercio, aparecen los sofistas y el eje de la filosofía se desplaza del logos al nomos (la ley, la convención).

John Locke

John Locke (1632–1704) fue un filósofo empirista inglés cuyo fragmento de texto se presenta para comentario. Nació en Wrington (Inglaterra), estudió en Oxford e intervino activamente en la política de su país. Por sus ideas políticas liberales tuvo que emigrar al continente europeo, donde se acercó a la filosofía racionalista representada por Descartes. Volvió a Inglaterra con el triunfo de la Revolución Gloriosa (1688) y se dedicó a la filosofía. Sus escritos abarcan cuestiones epistemológicas y políticas.

Contexto histórico

El siglo XVII en Europa se caracteriza por el auge del absolutismo. En Inglaterra, durante la primera mitad del siglo, dicho absolutismo fue ejercido por la dinastía de los Estuardo. Durante el reinado de Carlos I aumentaron las tensiones entre el Parlamento y la Corona, lo que condujo a episodios bélicos y conflictos religiosos. Oliver Cromwell creó un «ejército parlamentario» y, en 1648, tras la derrota de Carlos I, se instauró un régimen republicano gobernado por el Parlamento. Tiempo después Cromwell, nombrado Lord Protector, disolvió el Parlamento y comenzó una dictadura personal. En 1660, muerto ya Cromwell y sucedido por su hijo, se produjo la restauración de la dinastía de los Estuardo.

Los parlamentarios se dividieron entonces en dos partidos: los whigs, burgueses liberales adversarios de los Estuardo, que aspiraban a un poder controlado por el Parlamento; y los tories, fieles a la monarquía. En 1688 tuvo lugar la Revolución Gloriosa, que acabó con el poder de los Estuardo y creó una monarquía parlamentaria bajo Guillermo de Orange.

Contexto filosófico: modernidad y corrientes

Nos situamos en la filosofía moderna (s. XVII–XVIII), donde el fundamento del conocimiento y de la moral es el sujeto humano: el ser o la realidad deja de ser el fundamento último. Los modernos buscan certezas mediante métodos y se preguntan por el origen de las ideas, imitando la ciencia.

El racionalismo confía en la razón y desconfía de los sentidos, admite ideas innatas, emplea métodos deductivos y busca una ciencia universal (modelo: las matemáticas). Descartes, Spinoza y Leibniz son representantes del racionalismo. Esta corriente convivió con el empirismo, desarrollado en las islas británicas e Irlanda, que considera los sentidos como fuente válida y única del conocimiento, niega el innatismo y utiliza métodos inductivos (modelo: las ciencias naturales). Entre los empiristas destacan Hobbes, Locke y Hume.

Obras políticas de Locke

La teoría política de Locke se expone en sus Cartas sobre la tolerancia (1689–1690) y en los Dos tratados sobre el gobierno civil (1690). En el primer tratado refuta a Robert Filmer y su obra El patriarca, que defendía el derecho divino de los reyes (transmisión del poder desde Adán). El segundo tratado contiene la teoría política más importante de Locke: el liberalismo.

El liberalismo político de Locke

Locke sentó las bases del liberalismo político: se opuso al absolutismo y abogó por la división de poderes y la tolerancia religiosa. Al igual que Hobbes, defendió una concepción contractualista del Estado: el individuo es anterior al Estado, y este surge como resultado de un acuerdo o convención entre individuos. Esta postura contrasta con la concepción clásica (Platón o Aristóteles) que entiende al Estado como algo natural y previo al individuo.

Las teorías contractualistas suelen presentar una estructura para justificar el surgimiento del Estado: descripción del estado de naturaleza, condiciones para el pacto y forma de Estado defendida.

Estado de naturaleza y derechos naturales

Para Locke, a diferencia de Hobbes, el estado de naturaleza no es un estado de guerra de todos contra todos. Los seres humanos, antes de constituir cualquier poder político, se encuentran por naturaleza en un estado de absoluta libertad e igualdad, sin estar subordinados unos a otros. Aunque exista libertad, hay límites que los individuos deben respetar. Como seres racionales, los humanos conocen una ley natural que les obliga a respetarla y de la que se derivan derechos naturales iguales para todos:

  • El derecho a la vida.
  • El derecho a la propiedad privada: Locke sostiene que el trabajo es la fuente de apropiación de bienes y, por tanto, de la propiedad privada.
  • El derecho a la libertad: ningún ser humano está subordinado a otro en el estado de naturaleza; nadie puede coartar la libertad de otros.
  • El derecho a castigar, de modo proporcional a los daños ocasionados, a quienes violen estos derechos.

Razones para constituir la sociedad política

Algunos individuos no respetan los derechos naturales. Aunque, en principio, todo individuo posee el derecho de ejecutar la ley natural y castigar a quienes la violen, pueden surgir abusos y conflictos de derechos. Es probable que las partes involucradas en un conflicto juzguen a su favor y no sean objetivas. Por ello es conveniente establecer un poder por encima de los individuos que juzgue en casos de conflicto y establezca penas. Este es el motivo del pacto o contrato social: un grupo de individuos cede su poder de ejecutar la ley natural y lo deposita en manos de un tercero, conformando así una sociedad civil. En Locke, el pacto no supone una ruptura con el estado natural (como en Hobbes), sino su perfeccionamiento: se realiza para asegurar los derechos naturales. Por el pacto los hombres no renuncian a sus derechos naturales en favor del rey; sólo ceden el poder de castigar a los malhechores para garantizar el respeto de la ley natural. Los ciudadanos mantienen la facultad de revocar al gobernante que no cumpla su función, algo imposible en la teoría de Hobbes, donde el poder real es irrevocable.

Separación de poderes

Locke fue de los primeros en proponer la separación de poderes: el legislativo, el ejecutivo y el poder federativo (encargado de la seguridad del Estado y las relaciones exteriores). Con esta separación se intenta impedir el abuso de poder. En la propuesta de Locke, el poder legislativo estaría por encima incluso del rey. La forma de pacto defendida por Locke es la monarquía parlamentaria.

Tolerancia y laicidad

Locke defendió la necesidad de garantizar libertades de conciencia, pensamiento y expresión, como se expone en sus Cartas sobre la tolerancia, y la separación entre política y religión. Fue uno de los primeros en abogar por la laicidad del Estado: se debían tolerar diferentes creencias religiosas siempre que no fueran contrarias a la seguridad del Estado.

Influencia y legado

La teoría política contractualista supone un cuestionamiento crítico de la necesidad de vivir en sociedad y marcó la ruptura con modelos políticos de la Antigüedad y la Edad Media, influyendo profundamente en la construcción de los Estados modernos. Locke influyó en contractualistas posteriores —desde Rousseau hasta Rawls—, así como en el positivismo decimonónico y en corrientes del siglo XX. Empezó a sentar las bases del liberalismo político, doctrina que contribuye al sistema capitalista actual y que se caracteriza por la defensa de la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder estatal. Económicamente, el liberalismo propugna la iniciativa privada y el libre mercado; como actitud vital, propone la tolerancia.

Montesquieu, ilustrado posterior, concuerda con Locke en la división de poderes y completa su propuesta añadiendo el poder judicial en el siglo XVIII (legislativo, ejecutivo y judicial). La definición lockeana de la propiedad privada será criticada con la llegada de la Revolución Industrial: Marx señalará que, en el contexto de una sociedad capitalista, el trabajo no convierte automáticamente en propietario a quien trabaja.