1. Identificación y explicación de la tesis
El texto propuesto pertenece al filósofo David Hume, uno de los principales representantes del empirismo moderno. En esta obra, Hume expone las ideas fundamentales del empirismo, corriente que defiende que todo conocimiento procede de la experiencia. El fragmento pertenece a la Investigación sobre el entendimiento humano, donde el autor analiza el origen de la idea de causalidad.
La tesis principal del texto sostiene que la relación de causa y efecto no es algo que percibamos directamente en la realidad, sino una conexión que se forma en nuestra mente a partir de la experiencia repetida. Hume afirma que, cuando una persona observa por primera vez dos hechos consecutivos, como el choque de dos bolas de billar, no puede decir que uno sea causa del otro, sino únicamente que uno sucede después del otro.
El autor explica que solo tras observar muchas veces la misma sucesión de hechos, la mente humana empieza a establecer una relación entre ellos. A partir de esta repetición se crea un hábito o costumbre que nos lleva a esperar que un acontecimiento ocurra cuando aparece otro. Hume señala que esta expectativa no se basa en la razón ni en una percepción objetiva, sino en la imaginación.
Por ello, cuando afirmamos que un objeto está conectado con otro, Hume mantiene que solo estamos indicando que nuestra mente ha unido ambos hechos en el pensamiento. No existe una impresión sensible de una conexión necesaria entre ellos. Finalmente, el autor concluye que la causalidad no es una ley objetiva de la naturaleza, sino una creencia que surge de la costumbre, lo que demuestra los límites del conocimiento humano.
2. Relación con otras corrientes y autores
La tesis de Hume puede relacionarse con el racionalismo, especialmente con René Descartes. Mientras que Descartes sostiene que la razón puede alcanzar verdades necesarias y universales, Hume rechaza esta idea y afirma que la experiencia es el único origen del conocimiento. Para el racionalismo, la causalidad es necesaria; para Hume, solo es una expectativa basada en la repetición.
También puede ponerse en relación con Aristóteles, quien defiende que todo en la naturaleza tiene una causa real y objetiva, como explica en su teoría de las cuatro causas. Frente a esta visión clásica, Hume cuestiona que podamos conocer una causa necesaria en las cosas y considera que la causalidad no está en los objetos, sino en la mente humana.
3. Contexto histórico: el reinado de Carlos IV y la Revolución Francesa
El reinado de Carlos IV se inició en 1788 y supuso la continuidad formal del despotismo ilustrado heredado de Carlos III. Sin embargo, estuvo marcado por la debilidad política del monarca y por la profunda influencia de los acontecimientos internacionales, especialmente la Revolución Francesa, que alteraron gravemente la estabilidad del Antiguo Régimen en España.
La Revolución Francesa, iniciada en 1789, provocó un fuerte temor al contagio de las ideas revolucionarias en España. En un primer momento, el gobierno del conde de Floridablanca intentó frenar la difusión de estas ideas mediante una política de censura y control, pero fracasó y fue destituido en 1792. Le sucedió el conde de Aranda, partidario de la no intervención en Francia, aunque su postura fue incomprendida y también fue cesado. Finalmente, Manuel Godoy se convirtió en el principal valido del rey y en la figura clave del reinado.
Tras la ejecución de Luis XVI en 1793, España entró en guerra contra la Francia revolucionaria en la llamada Guerra de la Convención. A pesar de algunos éxitos iniciales, las tropas francesas invadieron territorio español, lo que obligó a firmar el Tratado de Basilea (1795), por el cual España recuperaba sus territorios peninsulares a cambio de ceder parte de Santo Domingo. Este tratado reforzó la posición de Godoy, que fue nombrado Príncipe de la Paz.
A partir de entonces, España se alió con Francia mediante los Tratados de San Ildefonso, enfrentándose a Inglaterra. Esta política tuvo consecuencias desastrosas, como la derrota naval de Trafalgar (1805), que supuso la pérdida definitiva de la flota española y el debilitamiento del comercio americano. Mientras tanto, Napoleón Bonaparte consolidaba su poder en Europa.
En 1807, el Tratado de Fontainebleau permitió el paso de tropas francesas por España para invadir Portugal, pero pronto se hizo evidente la intención de Napoleón de ocupar el país. La creciente presencia francesa provocó el Motín de Aranjuez (1808), que supuso la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII. Napoleón aprovechó la crisis dinástica y, tras las Abdicaciones de Bayona, impuso como rey a su hermano José I Bonaparte.
La Guerra de la Independencia
Estos hechos desencadenaron la Guerra de la Independencia, iniciada con el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid. La guerra tuvo un carácter nacional y popular, enfrentando a los patriotas contra el ejército francés y a los afrancesados. Se desarrolló en tres fases:
- Primera fase: victorias españolas, como la de Bailén.
- Segunda fase: dominio francés y guerra de guerrillas.
- Tercera fase: ofensiva aliada que culminó con la derrota francesa y el Tratado de Valençay (1813).
Las consecuencias fueron muy graves: destrucción económica, crisis social, exilio de afrancesados, fortalecimiento del sentimiento nacional y el inicio del proceso de emancipación de las colonias americanas.
4. La revolución liberal y las Cortes de Cádiz
La Guerra de la Independencia supuso el inicio de la revolución liberal en España. Ante el vacío de poder provocado por la invasión francesa y la ausencia del rey Fernando VII, surgieron las Juntas locales, organismos creados por la población para organizar la resistencia y gobernar en su nombre. Estas Juntas asumieron por primera vez la soberanía nacional, ya que actuaban como representantes del pueblo.
En septiembre de 1808 se constituyó la Junta Central Suprema, integrada por representantes de las Juntas provinciales y presidida por el conde de Floridablanca, con figuras destacadas como Jovellanos. Este organismo asumió el gobierno del país hasta 1810, cuando se autodisolvió y transfirió el poder a un Consejo de Regencia, que, pese a su oposición, no pudo evitar la convocatoria de Cortes.
Las Cortes se reunieron por primera vez el 24 de septiembre de 1810 en la Isla de León, en Cádiz, única gran ciudad no ocupada por los franceses. Los diputados fueron elegidos por sufragio universal masculino indirecto, aunque muchos fueron sustituidos por suplentes gaditanos debido a la ocupación francesa. Su composición fue mayoritariamente burguesa, destacando clérigos, abogados y funcionarios. Ideológicamente se distinguían tres grupos: liberales, jovellanistas y absolutistas, aunque los liberales, liderados por Argüelles, Muñoz Torrero y el conde de Toreno, dominaron la labor legislativa.
Desde el primer decreto, las Cortes reconocieron a Fernando VII como rey, proclamaron la soberanía nacional y establecieron la división de poderes. Su objetivo principal fue acabar con el Antiguo Régimen mediante una profunda reforma política, económica y jurídica, así como redactar una Constitución.
Reformas aprobadas (1810–1813)
- Libertad de imprenta.
- Abolición de la Inquisición y de la tortura.
- Supresión de los señoríos.
- Eliminación de los gremios y de los privilegios de la Mesta.
- Libertad económica y desamortización de bienes eclesiásticos.
El 19 de marzo de 1812 se promulgó la Constitución de Cádiz, la primera constitución liberal de la historia de España. Establecía la soberanía nacional, la división de poderes, la igualdad jurídica, el sufragio universal masculino indirecto y el reconocimiento de derechos individuales, aunque mantenía el catolicismo como única religión. La monarquía quedaba limitada, con un rey subordinado a las Cortes.
Aunque fue abolida en 1814, la Constitución de 1812 tuvo una enorme importancia histórica, al sentar las bases del liberalismo español y convertirse en símbolo de la lucha contra el Antiguo Régimen.