Introducción: contexto y propósito
René Descartes es considerado el iniciador de la filosofía moderna y el principal representante del racionalismo del siglo XVII. Su pensamiento surge en un momento de crisis del saber tradicional, en el que la escolástica medieval ya no ofrece una base segura para la ciencia y el escepticismo moderno pone en duda la posibilidad misma del conocimiento. Además, en este contexto se consolida el mecanicismo, doctrina que concibe la naturaleza y la realidad como una gran máquina explicable mediante leyes físicas, materia y movimiento. Ante esta situación, Descartes se propone encontrar un fundamento absolutamente firme para el saber y sitúa el punto de partida de la filosofía en el propio sujeto, convirtiendo al yo pensante en el primer principio del conocimiento.
Situación intelectual: escolástica, escepticismo y necesidad de un nuevo comienzo
La situación de partida está marcada, por un lado, por el agotamiento de la escolástica —apoyada en la autoridad de la tradición— y, por otro, por la fuerza del escepticismo moderno, que cuestiona la posibilidad de alcanzar certezas seguras. Esta doble influencia explica la necesidad de replantear desde cero los fundamentos del conocimiento. Descartes no acepta ni la confianza ciega en la tradición ni la renuncia escéptica a la verdad, sino que busca someter todo a examen para descubrir si existe alguna verdad que pueda resistir la duda más radical. Como él mismo explica en sus Meditaciones: no podía fingir que yo no existiera; al contrario, del hecho mismo de pensar en dudar de la verdad de otras cosas se seguía, de forma muy evidente y cierta, que yo existía.
La exigencia de certeza
De ahí nace la exigencia filosófica de certeza, que se convierte en el núcleo de su proyecto. El objetivo es encontrar una verdad absolutamente indudable que pueda servir de base a todo el edificio del conocimiento. Esta búsqueda refleja la aspiración moderna a construir la ciencia sobre principios firmes y universales, semejantes a los de las matemáticas, confiando en la razón como instancia última de certeza.
Método y duda metódica
Para alcanzar ese objetivo, Descartes elabora un método inspirado en el procedimiento matemático y recurre a la duda metódica. Esta duda no es escéptica ni definitiva, sino un instrumento provisional y voluntario que se aplica a todo lo que pueda ser puesto en cuestión. El procedimiento puede sintetizarse en los siguientes pasos:
- Se duda de los sentidos, porque a veces nos engañan.
- Se dudan los razonamientos, pues el pensamiento humano puede cometer errores.
- Se introduce la hipótesis del genio maligno (o la posibilidad de un engaño radical), que podría falsearlo todo, incluso las verdades aparentemente más evidentes.
Así la duda alcanza su forma más radical para garantizar que lo que quede no pueda ser puesto en cuestión. Descartes observa sobre la naturaleza del yo: con solo haber dejado de pensar, aunque todo lo demás que alguna vez había imaginado existiera realmente, no tenía ninguna razón para creer que yo existiese.
El descubrimiento del cogito y la res cogitans
En medio de esta duda total, Descartes encuentra una certeza imposible de negar: pienso, luego soy (cogito, ergo sum). Aunque todo lo demás sea puesto en duda, no se puede dudar de que existe el yo mientras piensa. Esta verdad se alcanza por intuición y muestra que el sujeto es una sustancia cuya esencia es pensar, la res cogitans. A partir de aquí se formula el criterio de verdad: las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas, lo que garantiza la posibilidad de conocimiento seguro.
La demostración de la existencia de Dios y la garantía de la verdad
Para que este criterio no quede encerrado en la pura subjetividad, Descartes intenta demostrar la existencia de Dios como ser perfecto y no engañador, lo que fundamenta tanto el conocimiento como la existencia del mundo exterior. En su antropología distingue entre cuerpo y alma y explica la teoría del error: el error y el engaño no provienen de Dios, sino de la imperfección humana, que surge de la relación entre un entendimiento finito y una voluntad que puede decidir más allá de lo que entiende. La solución cartesiana consiste en limitar la voluntad a lo que el entendimiento percibe con claridad y distinción, evitando así el error y asegurando la posibilidad del conocimiento.
Segunda exposición del mismo argumento
René Descartes es considerado el iniciador de la filosofía moderna y el principal representante del racionalismo del siglo XVII. Su pensamiento surge en un momento de crisis del saber tradicional, en el que la escolástica medieval ya no ofrece una base segura para la ciencia y el escepticismo moderno pone en duda la posibilidad misma del conocimiento. Además, en este contexto se consolida el mecanicismo, doctrina que concibe la naturaleza y la realidad como una gran máquina explicable mediante leyes físicas, materia y movimiento. Ante esta situación, Descartes se propone encontrar un fundamento absolutamente firme para el saber y sitúa el punto de partida de la filosofía en el propio sujeto, convirtiendo al yo pensante en el primer principio del conocimiento.
Replanteamiento frente a la escolástica y el escepticismo
La situación de partida está marcada, por un lado, por el agotamiento de la escolástica, apoyada en la autoridad de la tradición, y, por otro, por la fuerza del escepticismo moderno, que cuestiona la posibilidad de alcanzar certezas seguras. Esta doble influencia explica la necesidad de replantear desde cero los fundamentos del conocimiento. Descartes no acepta ni la confianza ciega en la tradición ni la renuncia escéptica a la verdad, sino que busca someter todo a examen para descubrir si existe alguna verdad que pueda resistir la duda más radical. Como él mismo afirma: pensé que era preciso que hiciera lo contrario y rechazara como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda.
La búsqueda de una verdad indemostrable por la duda
De ahí nace la exigencia filosófica de certeza, que se convierte en el núcleo de su proyecto. El objetivo es encontrar una verdad absolutamente indudable que pueda servir de base a todo el edificio del conocimiento. Esta búsqueda refleja la aspiración moderna a construir la ciencia sobre principios firmes y universales, semejantes a los de las matemáticas, confiando en la razón como instancia última de certeza.
Método cartesiano: duda, matemáticas y genio maligno
Para alcanzar ese objetivo, Descartes elabora un método inspirado en el procedimiento matemático y recurre a la duda metódica. Esta duda no es escéptica ni definitiva, sino un instrumento provisional y voluntario que se aplica a todo lo que pueda ser puesto en cuestión. Primero se duda de los sentidos, pues nuestros sentidos nos engañan algunas veces; después se dudan los razonamientos y finalmente se introduce la hipótesis del genio maligno, que podría engañarnos incluso en las verdades más evidentes, llevando así la duda a su forma más radical.
Reafirmación del cogito y el criterio de verdad
En medio de esta duda total, Descartes encuentra una certeza imposible de negar: pienso, luego soy. Aunque todo lo demás sea puesto en cuestión, no se puede dudar de que existe el yo mientras piensa. Esta verdad se alcanza por intuición y muestra que el sujeto es una sustancia cuya esencia es pensar, la res cogitans. A partir de aquí se formula el criterio de verdad: todo lo que se percibe de manera clara y distinta debe ser tenido por verdadero. Descartes considera que esta certeza es tan firme y tan segura que todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de socavarla.
Dios, antropología y la teoría del error
Para que este criterio no quede encerrado en la subjetividad, Descartes demuestra la existencia de Dios como ser perfecto y no engañador, lo que garantiza la verdad de las ideas claras y distintas y fundamenta tanto el conocimiento como la existencia del mundo exterior. En su antropología distingue entre cuerpo y alma y explica la teoría del error: la mentira y el error no provienen de Dios, sino de la imperfección humana, que surge de la relación entre un entendimiento finito y una voluntad aparentemente ilimitada. La solución cartesiana consiste en limitar la voluntad a lo que el entendimiento percibe con claridad y distinción, evitando así el error y asegurando la posibilidad del conocimiento.
Problemas filosóficos señalados por el texto
El texto presenta dos problemas filosóficos relacionados pero distintos. En el primer párrafo, el problema es determinar qué es el yo cuya existencia ha sido descubierta con el cogito. Descartes sostiene que puede dudar de la existencia del cuerpo y del mundo, pero no de su propia existencia mientras piensa. Por eso concluye que es «una sustancia cuya esencia o naturaleza no es sino pensar». La tesis es que el yo es una res cogitans, es decir, una sustancia pensante que no depende de nada material para existir. De este modo, el alma es distinta del cuerpo y más fácil de conocer que éste, ya que incluso aunque el cuerpo no existiese, el yo seguiría existiendo como pensamiento. Esta idea se relaciona con el conjunto de la filosofía de Descartes porque forma parte de su dualismo entre sustancia pensante y sustancia extensa y confirma la prioridad del sujeto en el conocimiento.
En el segundo párrafo, el problema consiste en determinar un criterio de certeza para distinguir lo verdadero de lo falso. A partir del pienso, luego soy, Descartes se pregunta qué es lo que hace que una proposición sea verdadera. Observa que su certeza no depende de nada externo, sino de la evidencia con que se presenta a la mente, y por eso formula el criterio de verdad: son verdaderas «las cosas que concebimos muy clara y distintamente». Este criterio es fundamental en su racionalismo y servirá después como base para demostrar la existencia de Dios y la validez del conocimiento. La expresión «clara y distinta» significa que una idea se presenta al entendimiento con evidencia, sin confusión ni oscuridad, y por eso puede ser aceptada como verdadera.
El problema general y la metodología cartesiana
El problema filosófico que plantea este texto es la búsqueda de un fundamento absolutamente seguro para el conocimiento frente al error y al escepticismo. Descartes parte de la idea de que muchas de nuestras creencias habituales pueden ser falsas y de que no basta con apoyarse en la tradición o en los sentidos. Por eso decide someter todas sus opiniones a un examen radical mediante la duda metódica. Él mismo afirma que quiere «rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda», con el fin de comprobar si queda alguna verdad firme.
Etapas de la duda metódica y propiedades del procedimiento
- Primero duda de los sentidos, porque «nuestros sentidos nos engañan algunas veces».
- Después duda de los razonamientos, ya que incluso en matemáticas se cometen errores.
- Finalmente introduce la hipótesis de que todo podría ser un sueño o una ilusión, o que un genio maligno podría engañarlo todo.
Esta duda no es escéptica ni definitiva, sino un procedimiento provisional para alcanzar certeza. Además, la duda cartesiana se caracteriza por ser libre, ficticia, voluntaria, hiperbólica y de naturaleza teorética. En medio de esta duda universal, Descartes descubre una verdad que no puede ser negada: pienso, luego soy. Aunque todo lo demás sea falso, es imposible que sea falso que él existe mientras piensa. Esta proposición se convierte así en el primer principio de la filosofía que busca y en el punto de partida de todo el saber. El fragmento se relaciona con el conjunto de la filosofía cartesiana, ya que expresa su proyecto racionalista de fundar la ciencia sobre una base absolutamente firme y de situar al sujeto como origen del conocimiento. La expresión pienso, luego soy significa que la existencia del yo se conoce con evidencia inmediata, sin necesidad de recurrir a los sentidos ni al mundo exterior, sino únicamente por intuición: el acto mismo de pensar.
Conclusión
En conclusión, la filosofía de Descartes inaugura la modernidad al situar el yo pensante como punto de partida del conocimiento y al hacer de la certeza racional el criterio fundamental de la verdad. Frente a la escolástica y al escepticismo, propone un nuevo camino basado en el método, la duda y la evidencia del cogito, culminando en la afirmación de Dios como garantía del saber y estableciendo así las bases del racionalismo moderno.