La Transformación del Sector Industrial
La reconversión industrial tenía como objetivo actuar rápidamente sobre los sectores en crisis para lograr su viabilidad y competitividad. Consistió en ajustar la producción a la demanda, reducir la capacidad productiva y regular plantillas mediante despidos o prejubilaciones. Afectó a sectores maduros como la siderometalurgia, la construcción naval, la línea blanca de electrodomésticos, los componentes electrónicos, el textil y el calzado. Sus resultados fueron el aumento del paro y la concentración de las actuaciones en las grandes empresas.
La reindustrialización buscó recomponer el tejido industrial de las zonas más afectadas por la reconversión, creando nuevas actividades e industrias con futuro. Se crearon las ZUR (1984), que ofrecían incentivos fiscales y financieros a empresas que generasen nuevos puestos de trabajo, y las ZID (1988), que concedían subvenciones a la inversión durante un máximo de cuatro años. Los resultados fueron el crecimiento de la inversión y la diversificación industrial, pero se creó menos empleo del previsto y las ayudas beneficiaron sobre todo a grandes empresas y a regiones como Madrid, Barcelona y el País Vasco.
Fuentes de Energía y su Evolución
El Carbón
El destino tradicional del carbón han sido las industrias siderúrgica y cementera, las calefacciones domésticas y la producción de electricidad en centrales térmicas. La producción interior de carbón alcanzó su mayor auge durante la crisis del petróleo, como forma de reducir la dependencia del crudo. Desde entonces, inició un declive debido a la falta de competitividad por la baja calidad y la carestía de la extracción. Estos problemas obligaron a una dura reconversión desde 1990, promovida por la Unión Europea, que supuso el cierre de minas, acompañado de ayudas a las zonas afectadas para promover actividades alternativas. El consumo de carbón ha seguido una evolución paralela, aunque con fluctuaciones relacionadas con la producción hidroeléctrica y con la situación económica. Desde 2005, desciende por el incremento del consumo de gas y de energías renovables.
El Petróleo
El destino del petróleo para producir electricidad se limita hoy en España a las centrales insulares de fuelgas. Su uso principal es la obtención de derivados en refinerías para su uso en el transporte y la industria (gasoil, gasolina, fueloil, nafta, keroseno, aceites lubricantes, asfalto) y en industrias petroquímicas (azufre, amoniaco, acetona). La producción interior de petróleo es insignificante y se limita a los yacimientos de la plataforma continental de Tarragona. Por tanto, para cubrir la demanda, es necesario realizar costosas importaciones procedentes de países de Oriente Medio, África, América Latina y Europa. El consumo de petróleo creció desde la década de 1960, con algunas fluctuaciones relacionadas con el precio del crudo y con situaciones de crisis económica (1980, 1991, 2008) y la pandemia de la COVID-19 en 2020. En la actualidad, el petróleo ocupa el primer lugar en el consumo energético de España.
El Gas Natural
El destino del gas es la obtención de derivados en la industria petroquímica (propileno, etileno, naftas); el uso calorífico en la industria y los hogares (cocinas, calefacciones); y, sobre todo, la producción eléctrica en centrales térmicas convencionales o de ciclo combinado y la producción conjunta térmica y eléctrica en instalaciones de cogeneración. La producción interior de gas es insignificante y se centra en los yacimientos del golfo de Cádiz y de La Rioja. Por tanto, para cubrir la demanda es necesario importar gas de países como Argelia, Nigeria, Catar, Noruega y Francia. La importación se realiza en forma líquida mediante barcos metaneros y en forma gaseosa mediante gasoductos procedentes de Argelia, Noruega y Portugal. El consumo de gas se ha visto favorecido desde sus inicios en 1969 por su alto poder calorífico, precio más bajo y menor contaminación al carecer casi de azufre y emitir menos CO₂. No obstante, ha experimentado fluctuaciones relacionadas con el incremento del uso de fuentes renovables en la generación eléctrica y con los efectos en la demanda residencial, terciaria e industrial de la crisis económica de 2008-2013 y de la pandemia de la COVID-19 en 2020. Las previsiones apuntan a un próximo descenso del consumo de gas, motivado por las medidas obligatorias de reducción adoptadas por la Unión Europea en 2022, a raíz de la disminución del suministro de gas causada por la guerra de Rusia contra Ucrania.
Energía Nuclear
Nuclear de Fisión
La energía nuclear de fisión procede de la separación o fisión de átomos pesados de uranio. Su destino principal es producir electricidad en siete centrales nucleares, cuya localización responde a decisiones políticas. Además, se emplea en medicina: radiología y radioterapia. La producción interior de uranio es inexistente en la actualidad, tras el cierre de las minas de Saelices (Salamanca). Por tanto, la demanda se cubre con uranio importado de Níger, Rusia, Australia y Namibia. El consumo y la producción nuclear, iniciados en 1969, se mantienen estabilizados desde 1987 («moratoria nuclear»), debido a la oposición de la opinión pública ante los problemas que comporta: la dependencia externa en el abastecimiento del uranio y en la tecnología; el riesgo de accidentes, a pesar de los sistemas de seguridad existentes; y el almacenamiento de un número creciente de residuos radiactivos, que en su mayoría se depositan en la mina de El Cabril (Córdoba). Su futuro es incierto: algunas centrales anticuadas deberán desmantelarse; y existe un debate entre quienes la rechazan y quienes la defienden alegando las mejoras tecnológicas y en seguridad, la no emisión de CO₂, la reducción de la dependencia del petróleo y la fiabilidad de la producción.
Nuclear de Fusión
La energía nuclear de fusión está en experimentación. Consiste en la unión de isótopos ligeros de hidrógeno (deuterio y tritio). Requiere temperaturas de cien millones de grados centígrados y no se han resuelto el inicio y el control de la reacción nuclear.