La España del siglo XVIII: Expansión y transformaciones económicas
La principal actividad, la agricultura, tenía un bajo rendimiento debido al escaso desarrollo tecnológico y al mantenimiento de las estructuras feudales. La producción dependía de la superficie cultivada, limitada por las tierras amortizadas. Durante el siglo XVIII hubo varias crisis de subsistencia. La mejora de los transportes, la liberalización del comercio e innovaciones técnicas como la irrigación paliaron esta situación sin lograr una transformación global.
De carácter artesanal y controlada por los gremios, la industria era escasa y estaba orientada a los mercados locales. Se trató de fomentar el desarrollo industrial con medidas proteccionistas, la creación de Reales Fábricas, el impulso de la iniciativa privada y la colaboración entre industria y agricultura, pero el resultado fue desigual. En algunas zonas se generaron las bases de la industria moderna, como en Cataluña, donde se crearon a partir del desarrollo de la industria de la vid, el aguardiente y la lana, lo que proporcionó las bases humanas y permitió la acumulación de capital.
Para mejorar la organización comercial con América se suprimió el sistema de flotas y se crearon compañías comerciales, a las que se les concedía privilegios de explotación de un territorio o el monopolio de comercio de algún producto. Estas compañías tuvieron escaso éxito y se adoptaron políticas liberalizadoras autorizando el comercio a numerosos puertos. España exportaba manufacturas e importaba metales preciosos y productos alimenticios.
Los Austrias del siglo XVII: El gobierno de validos y la crisis de 1640
El reinado de Felipe III (1598-1621) se caracterizó por una política de pacificación; a nivel interno destacaron la expulsión de los moriscos y la aparición de la figura del valido. El valimiento consistía en delegar el ejercicio del poder en un hombre de confianza, un valido o favorito, amigo del Rey, que carecía de cargo oficial pero actuaba como un primer ministro.
Principales validos de la etapa:
- Felipe III: El duque de Lerma y el duque de Uceda.
- Felipe IV (1621-1665): El Conde-Duque de Olivares.
- Carlos II (1665-1700): Everard Nithard y Fernando de Valenzuela (bajo la regencia de su madre), Juan José de Austria, el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa.
Las consecuencias de la Guerra de los Treinta Añios, el carácter centralista de la política de Olivares, su política fiscal y la creación de un ejército permanente costeado por todos los reinos (La Unión de Armas), provocaron conflictos y protestas constantes. En 1640 estallaron rebeliones independentistas en Portugal y Cataluña. En Cataluña el enfrentamiento terminó en 1652, rindiéndose los catalanes con la condición de que se respetaran sus antiguos fueros. Por su parte, el retroceso del comercio portugués y la enemistad con otras potencias impulsaron el movimiento que acabaría con la independencia de Portugal.
La Guerra de los Treinta Años y la pérdida de la hegemonía española
La política exterior de Felipe III fue pacifista, firmando tratados de paz con Francia, Inglaterra y Holanda que resultaron costosos y poco efectivos. Por el contrario, el reinado de Felipe IV tuvo como escenario principal la Guerra de los Treinta Añios (1618-1648). Comenzó como un conflicto religioso en Alemania, pero la Monarquía Hispánica se involucró por la defensa del catolicismo y el mantenimiento de la hegemonía de los Habsburgo, enfrentándose a Francia, Inglaterra, Holanda y Suecia.
En 1621 se reanudó el conflicto con Holanda. En la primera fase se produjeron éxitos españoles, como la toma de Breda en 1625 por Ambrosio Spínola. Sin embargo, tras la declaración de guerra de Francia en 1635, el esfuerzo excesivo llevó a la derrota en Rocroi (1643).
El fin de la hegemonía se selló con:
- Paz de Westfalia (1648): Reconocimiento de la independencia de Holanda.
- Paz de los Pirineos (1659): Consolidación del dominio de Francia en Europa.
Durante el reinado de Carlos II se reconoció la independencia de Portugal y se perdieron territorios como Lille y el Franco Condado.
Factores de la crisis demográfica, económica y política del siglo XVII
Durante el siglo XVII, España vivió una profunda crisis política debido a la dimensión de su imperio y las características de sus monarcas, quienes delegaron el gobierno en validos. Los factores del descenso demográfico fueron las epidemias de peste, la expulsión de los moriscos (1609), la emigración a las Indias, las crisis agrarias y las continuas guerras, afectando especialmente al centro y sur peninsular.
En el plano económico, Castilla sufrió la caída de la producción agraria, la crisis de la ganadería ovina y de la industria textil, sumado a la disminución de metales preciosos de América y las dificultades de la Hacienda Real, que emitió moneda de baja calidad (vellón).
Las consecuencias incluyeron el empobrecimiento de artesanos y campesinos, la concentración de riqueza en la alta nobleza y el reforzamiento del régimen señorial. La crisis se considera finalizada hacia 1689.
Decadencia de la Monarquía Hispánica: Carlos II y el problema sucesorio
Carlos II accedió al trono en 1665 siendo un niño, bajo la regencia de Mariana de Austria. Su incapacidad física y mental permitió que la aristocracia y la Iglesia ampliaran su poder. Pese a una leve mejora económica, persistieron revueltas como la Segunda Germanía en Valencia (1693) y el Motín de los Gatos en Madrid (1699).
El problema sucesorio fue crucial al no tener descendencia. Se barajaron dos candidatos: Felipe de Borbón (Francia) y Carlos de Austria (Alemania). Carlos II eligió a Felipe de Borbón para obtener el apoyo francés, lo que dio inicio a la dinastía de los Borbones. El temor de Inglaterra y Austria a un bloque hispano-francés provocó la Guerra de Sucesión (1700-1713).
La Guerra de Sucesión Española y el Sistema de Utrecht
Tras la muerte de Carlos II en 1700, el Archiduque Carlos de Austria no reconoció el testamento y formó la Gran Alianza (Austria, Inglaterra, Holanda, Portugal y Saboya). Internamente, el conflicto fue una guerra civil: Castilla, el País Vasco y Navarra apoyaron a Felipe V, mientras que la Corona de Aragón apoyó al candidato austriaco.
La paz se firmó en los Tratados de Utrecht (1713). España perdió Flandes, Milán, Cerdeña y Sicilia, mientras que Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y ventajas comerciales. La política exterior posterior se ligó a Francia mediante los Pactos de Familia, logrando recuperar Menorca en 1783 tras apoyar la independencia de los Estados Unidos.
La nueva Monarquía Borbónica y los Decretos de Nueva Planta
Los Borbones implantaron el absolutismo francés, donde el monarca era la fuente de toda ley y autoridad. Mediante los Decretos de Nueva Planta, se suprimieron los fueros e instituciones de la Corona de Aragón, unificando el Estado bajo un modelo centralista. Solo las provincias vascongadas y Navarra conservaron sus privilegios.
Las reformas incluyeron:
- Creación de las Secretarías de Estado.
- Impulso del regalismo y mejora de la flota (astilleros).
- Servicio militar obligatorio y supresión de aduanas interiores.
- Creación de manufacturas reales y fomento del proteccionismo.
Monarcas como Felipe V, Fernando VI y Carlos III lideraron esta etapa de crecimiento demográfico y recuperación del prestigio internacional.
La Ilustración y el Despotismo Ilustrado de Carlos III
La Ilustración defendía la razón, el empirismo y la búsqueda de la felicidad. En España, su máximo exponente fue Carlos III (1759-1788), quien aplicó el Despotismo Ilustrado: reformas para el pueblo pero sin su participación («todo para el pueblo, pero sin el pueblo»).
Rodeado de ministros como Aranda, Floridablanca y Campomanes, impulsó:
- La modernización económica, la industria y el comercio con América.
- La reforma fiscal y la limitación de las tierras en «manos muertas».
- La expulsión de los jesuitas y la reforma de la enseñanza universitaria.
Estas medidas enfrentaron la oposición de sectores conservadores, estallando conflictos como el Motín de Esquilache (1766), que limitó el alcance de algunas reformas.