Amor, deseo y sufrimiento en Miguel Hernández: El rayo que no cesa y sus sonetos

2 — «Me tiraste un limón»: amor y frustración

En «Me tiraste un limón», Miguel Hernández desarrolla el tema del amor como experiencia vital intensa marcada por la frustración. El poema presenta un encuentro amoroso cargado de deseo y sensualidad, pero que no llega a culminar plenamente, lo que genera una profunda tensión entre atracción y rechazo. El gesto de la amada despierta el impulso amoroso del yo poético, que vive el amor como una fuerza poderosa e inevitable.

Sin embargo, ese amor no se consuma y queda reducido a un instante, lo que provoca dolor y desengaño. El deseo aparece así como motor de la vida, pero también como origen del sufrimiento. El yo poético experimenta el amor como una mezcla de gozo y herida, de ilusión y frustración, rasgo característico de El rayo que no cesa.

El poema refleja, por tanto, la concepción hernandiana del amor como una experiencia contradictoria: esencial para vivir, pero incapaz de proporcionar plenitud. Amar implica exponerse al dolor, lo que une estrechamente amor y sufrimiento dentro de una visión trágica de la existencia.

3 — Métrica, símbolos y contexto

Este poema forma parte de El rayo que no cesa, por lo que pertenece a una de las primeras etapas del poeta. Se trata de un soneto, lo que le proporciona un ritmo estructurado que contrasta con la intensidad de las emociones que transmite. Está formado por dos cuartetos y dos tercetos cuyo esquema métrico es el siguiente: 11 ABBA / ABBA / CDE / CDE.

En este poema, el limón funciona como eje central del discurso lírico, simbolizando el objeto femenino y condensando la dualidad del deseo amoroso y el sufrimiento que provoca. Aunque no se menciona explícitamente a quién va dirigido, se ha sugerido que Miguel Hernández lo escribió en relación con Josefina Manresa, a quien se le lanzó un limón de joven como gesto afectuoso o travieso, tras un robo de un beso en la mejilla. Esta tradición del limón lanzado es popular y aparece en la literatura española; gestos como “tirar los cejos” o lanzar un limón se utilizaban para molestar o coquetear con la persona a quien se dirigía el objeto. También aparecen referencias a textos previos como Cal y canto (1927), donde Alberti ya había comparado los pechos femeninos con limones. Así, desde el inicio, el soneto articula la tensión entre la forma rígida y la carga simbólica y emocional que atraviesa todo el poema.

En cuanto a las figuras retóricas que aparecen en el poema, destacan:

  • Antítesis: entre «amargo» (v. 1) y «dulce» (v. 6), al igual que «letargo» (v. 5) y «calentura» (v. 6).
  • Hipálage: en «golpe amarillo», el poeta fuerza una hipálage al desplazar el adjetivo «amarillo», generando una sinestesia entre lo táctil —el golpe— y lo visual —el color—.
  • Prosopopeya: en «mordedura» (v. 7), la sangre adquiere cualidades humanas al sentir la mordedura, dotándola de capacidad sensitiva; ocurre de forma análoga en el verso 12, donde se la describe durmiendo.
  • Metáfora: «la camisa» (v. 12) funciona como metáfora de la piel, aludiendo a la piel de una serpiente y, según algunas lecturas, al prepucio de un varón. Se dice que la piel de las serpientes experimenta periodos de letargo o abrumación cuando faltan alimentos o calor suficientes, refiriéndose a que el deseo sexual en el poeta disminuye.
  • Hipérbaton: encontramos un hipérbaton en el verso 1, donde el poeta describe cómo ese deseo sexual se convierte en «malicia», concibiéndolo como una declaración de maldad.

Entre los numerosos símbolos que pueblan el poema, encontramos: el limón (como pecho femenino), la sangre (como potencia sexual) y la calentura (excitación sexual).

El poema pertenece al género lírico, específicamente al soneto, como muestran su métrica y su estructura formal. Estas características permiten atribuirlo a Miguel Hernández, dentro de su etapa amorosa de preguerra (El rayo que no cesa, 1935–1936). La combinación de temática amorosa intensa y dolorosa con estilo formal clásico y recursos retóricos como metáforas, antítesis e hipálage refleja tanto la tradición poética española como la renovación formal de la época. Asimismo, se percibe la influencia de obras contemporáneas como La destrucción o el amor (1935) de Vicente Aleixandre, donde el amor aparece como experiencia corporal, pasional y destructiva, lo que conecta con la forma en que Hernández representa el deseo y el sufrimiento en sus sonetos. De este modo, el poema se inscribe en la lírica amorosa de los años treinta, dentro de la Generación del 27 ampliada, y evidencia la estrecha relación entre vida y obra en Hernández.


En cuanto a las figuras retóricas que aparecen en el poema, destacan:

Antítesis: entre «amargo» (v. 1) y «dulce» (v. 6), al igual que «letargo» (v. 5) y «calentura» (v. 6).

Hipálage: en «golpe amarillo», el poeta fuerza una hipálage al desplazar el adjetivo «amarillo», generando una sinestesia entre lo táctil —el golpe— y lo visual —el color—.

Prosopopeya: en «mordedura» (v. 7), la sangre adquiere cualidades humanas al sentir la mordedura, dotándola de capacidad sensitiva; esto mismo ocurre en el verso 12, donde se la describe durmiendo.

Metáfora: «la camisa» (v. 12) funciona como una metáfora de la piel, aludiendo a la piel de una serpiente y al prepucio de un varón. Se dice que la piel de las serpientes experimenta periodos de letargo o abrumación cuando faltan alimentos o calor suficientes, refiriéndose a que el deseo sexual en el poeta disminuye.

Hipérbaton: encontramos un hipérbaton en el verso 1, donde el poeta describe cómo ese deseo sexual se convierte en «malicia», concibiéndolo como una declaración de maldad.

Entre los numerosos símbolos que pueblan el poema, encontramos: el limón (como pecho femenino), la sangre (como potencia sexual) y la calentura (excitación sexual).

El poema pertenece al género lírico, específicamente al soneto, como muestran su métrica y su estructura formal. Estas características permiten atribuirlo a Miguel Hernández, dentro de su etapa amorosa de preguerra (El rayo que no cesa, 1935–1936). La combinación de temática amorosa intensa y dolorosa con estilo formal clásico y recursos retóricos como metáforas, antítesis e hipálage refleja tanto la tradición poética española como la renovación formal de la época. Asimismo, se percibe la influencia de obras contemporáneas como La destrucción o el amor (1935) de Vicente Aleixandre, donde el amor aparece como experiencia corporal, pasional y destructiva, lo que conecta con la forma en que Hernández representa el deseo y el sufrimiento en sus sonetos. De este modo, el poema se inscribe en la lírica amorosa de los años treinta, dentro de la Generación del 27 ampliada, y evidencia la estrecha relación entre vida y obra en Hernández.


2 — Tema central en El rayo que no cesa

En El rayo que no cesa, Miguel Hernández desarrolla como tema central la unión inseparable entre amor, vida y muerte. El amor aparece como el eje fundamental de la existencia: vivir es amar. Sin embargo, este amor no se vive de forma armoniosa, sino como una experiencia dolorosa que conduce al sufrimiento y al desgaste interior.

El amor se presenta como una fuerza vital intensa, pero frustrada, que transforma el impulso de vivir en pena constante. De este modo, el amor deja de ser solo fuente de vida para convertirse también en causa de una forma de muerte interior. El yo poético vive atrapado en una pasión que lo sostiene y lo destruye al mismo tiempo.

Esta concepción refleja una visión trágica de la existencia, en la que amar implica asumir el dolor como parte inevitable de la vida. Así, El rayo que no cesa muestra cómo en la poesía hernandiana amor y muerte no se oponen, sino que se complementan como dimensiones esenciales de la experiencia humana.

3 — Estructura, símbolos y recursos expresivos

Este poema forma parte de El rayo que no cesa, por lo que pertenece a una de las primeras etapas del poeta. Se trata de un soneto, pues está formado por dos cuartetos y dos tercetos cuyo esquema métrico es el siguiente: 11A, 11B, 11A, 11B, 11C, 11D, 11C, 11D. La elección de una estructura cerrada como el soneto contribuye a expresar la tensión interior y el carácter decisivo del conflicto amoroso, concebido como una herida constante.

En este sentido, el poema se inserta plenamente en el simbolismo central de El rayo que no cesa, cuyo eje es el rayo, imagen de fuerte carga trágica y fatalista que representa una fuerza natural, violenta e incontrolable. Este símbolo funciona como metáfora del amor no correspondido, que atraviesa y hiere al yo poético, convirtiendo la experiencia amorosa en un sufrimiento continuo y obsesivo.

Dicha vivencia se refuerza mediante el uso de figuras de repetición que intensifican la expresión del dolor. Destaca la repetición de la forma verbal «no cesará» en los versos 1 y 5, que subraya la persistencia del sufrimiento. Asimismo, se observa una anáfora gramatical con la reiteración de los demostrativos «este» y «esta» en los versos 9 y 10, que focaliza la atención en los elementos causantes del dolor.


A su vez, aparecen otras figuras que intensifican la expresión del texto como:

Metáfora: en el verso 9, «el rayo ni cesa ni se agota», donde el rayo —causa del dolor— se presenta como una fuerza inagotable, aludiendo a la idea de que, como la energía, no se destruye, sino que se transforma. El corazón, tópico amoroso que simboliza el centro de la vida y del sentimiento, aparece en el verso 2 y se repite en el verso 8, donde un encabalgamiento rompe el equilibrio formal y rítmico del soneto, reflejando en el plano expresivo lo abrupto y violento de un amor no satisfecho.

Personificación: en expresiones como «terca escarcha» (v. 5) y «obstinada piedra» (v. 12), atribuyendo voluntad y resistencia humanas a elementos inanimados. En «este rayo que me evita el corazón» (vv. 1-2), el amor aparece personificado como una fuerza que actúa de manera invasiva sobre el sujeto lírico, dominando y atravesando sus sentimientos.

Desde el punto de vista estructural, el soneto presenta una clara organización dialéctica: los cuartetos plantean interrogaciones retóricas, mientras que los tercetos ofrecen una respuesta. Esta oposición se refuerza mediante el uso de los tiempos verbales: el futuro («no cesarán») en los cuartetos expresa la proyección del dolor hacia el porvenir, mientras que el presente («ni cesa») en los tercetos subraya su vigencia constante.

El poema se inscribe plenamente en la estética de El rayo que no cesa (1935-1936), obra perteneciente a la etapa amorosa de preguerra de Miguel Hernández. En ella se fusionan tradición y modernidad: formalmente predominan las estrofas clásicas de raigambre garcilasiana, mientras que, en el plano temático, se reelaboran modelos como el petrarquismo, el amor cortés y la poesía mística de San Juan de la Cruz, reinterpretada en clave erótica. El amor aparece como una experiencia dolorosa, corporal y destructiva, bajo la influencia de La destrucción o el amor (1935) de Vicente Aleixandre. Todo ello sitúa al poeta dentro de la lírica amorosa de los años treinta, en el marco de la Generación del 27 ampliada, y refuerza la estrecha relación entre obra y biografía en Miguel Hernández.


2 — «Me llamo barro, aunque Miguel me llame»: amor-dolor y degradación

El poema «Me llamo barro, aunque Miguel me llame», perteneciente a El rayo que no cesa, desarrolla fundamentalmente el tema del amor-dolor, característico de la etapa amorosa de Miguel Hernández. El yo poético vive el amor como sufrimiento y herida, al sentirse sometido y despreciado por la amada ante la imposibilidad de consumar el deseo carnal.

Vinculado a este aparece el tema del deseo sexual frustrado, ya que el poeta anhela el contacto físico con la mujer amada, quien permanece fría e impasible, intensificando así la tensión entre pasión y rechazo. Este conflicto convierte el amor en una experiencia dolorosa, obsesiva y destructiva.

Asimismo, se desarrolla el tema de la degradación del yo, que se identifica simbólicamente con el barro y con diversos animales, expresando su pérdida de dignidad y su sometimiento absoluto ante la amada.

Por último, el poema presenta el amor como una fuerza amenazante y devastadora, cercana a la concepción aleixandrina de La destrucción o el amor, ya que el sentimiento amoroso puede crecer de forma desmesurada hasta convertirse en un auténtico cataclismo. De manera secundaria, se insinúa uno de los grandes temas hernandianos, el de vida y muerte, fundidos en una visión trágica de la experiencia amorosa.

3 — Forma, recursos y efectos expresivos

El poema «Me llamo barro, aunque Miguel me llame» pertenece al poemario El rayo que no cesa de Miguel Hernández y se inscribe en su primera etapa poética, caracterizada por una lírica amorosa intensa, de fuerte carga erótica y gran densidad retórica, anterior al estallido de la Guerra Civil. En esta etapa, el amor aparece como una experiencia conflictiva y dolorosa, marcada por la humillación y el sometimiento del yo poético.

Desde el punto de vista del género literario, se trata de un poema lírico, ya que expresa los sentimientos íntimos del sujeto poético, en este caso el deseo amoroso frustrado y la humillación del amante ante el rechazo de la amada. Formalmente, el poema adopta la forma de una silva, combinación libre de versos endecasílabos y heptasílabos con rima consonante, estrofa heredada de la tradición clásica y utilizada por autores como Góngora o Quevedo, lo que demuestra la pervivencia de modelos tradicionales adaptados a una expresión moderna.


Uno de los rasgos formales más relevantes es la identificación metafórica del yo poético con el barro, elemento telúrico que simboliza lo humilde, lo material y lo degradado. Esta identificación se refuerza mediante una ploce en expresiones como «me llamo barro», «barro me he visto», «teme del barro», que insiste obsesivamente en la imagen central. El barro representa al poeta amante sometido, pisoteado y despreciado por la amada, intensificando el carácter trágico del poema y conectando con la tradición del amor cortés y el petrarquismo, en los que el amante se humilla ante una dama idealizada y distante.

Asimismo, destaca la animalización del yo poético, visible en imágenes como «voy de agua», «sapos» o «parto de animales», que refuerzan la degradación del amante y su reducción a lo instintivo y primario. Estas imágenes se relacionan con una concepción del amor como fuerza irracional, violenta y destructiva, muy próxima a la formulación de Vicente Aleixandre en La destrucción o el amor (1935), influencia decisiva en El rayo que no cesa, donde el sentimiento amoroso se identifica con fuerzas elementales de la naturaleza.

El poema presenta una notable violencia verbal y expresiva, visible en la reiteración anafórica del imperativo «teme»: «teme del barro un parto de animales», «teme que el barro crezca en un momento», «teme que suba». Esta repetición construye una gradación amenazante en la que el barro pasa de crecer a extenderse, subir, cubrir e inundar, hasta adquirir una dimensión destructiva total. La intensidad se refuerza mediante el polisíndeton, perceptible en la acumulación de conjunciones («y suba y cubra y hunda y truene y caiga»), que transmite sensación de desbordamiento y pérdida de control.

Por todo ello, este poema presenta rasgos formales y temáticos que permiten atribuirlo plenamente a la poética de Miguel Hernández: fusión de tradición y modernidad, uso flexible de la métrica clásica, simbología obsesiva, violencia expresiva y una concepción del amor como experiencia destructiva, bajo la influencia de Vicente Aleixandre y del surrealismo, dentro del marco estético de la Generación del 27 ampliada.