Autores de teatro d protesta y denuncia

El panorama del teatro español resulta pobre comparado con el bullir de experiencias del extranjero, las compañías siguen dependiendo de los intereses de los empresarios y se agravan las limitaciones ideológicas. Esto explica que el teatro de posguerra sea un terreno poco propicio para la renovación, prosperan los autores de diversión, los autores serios se abrirán difícilmente camino en el teatro comercial. Así, junto a un teatro visible se habló de un teatro soterrado, que apenas logró mostrarse.

El teatro de la posguerra:

al terminar la contienda, unos dramaturgos han muerto y otros sufren el exilio, no es extraño que en las carteleras proliferen las comedias extranjeras, se trata de obras de diversión, lo que pide un público deseoso de olvidar los problemas.

En la producción de los autores españoles de los años 40 y principios de los 50 cabe señalar un tipo de alta comedia en la línea del teatro benaventino, se sitúan nombres como los de José María Pemán (El divino impaciente),
Luca de Tena (¿Dónde vas Alfonso XII?), Álvarez Quintero (Entremeses)
o López Rubio, añadían a la crítica de la burguésía la defensa de los valores tradicionales encarnados por el franquismo: la religión, la familia y la autoridad.

Se trata de un teatro caracterizado por: el predominio de las comedias de salón o de los dramas de tesis, la preocupación por la obra bien hecha y por no tener una crítica social, la gente que asiste al teatro no busca problemas, solo busca divertirse.

El teatro cómico:

encontramos a E. Jardiel Poncela, que se había propuesto renovar la risa introduciendo lo inverosímil, Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936)
o Eloísa está debajo de un almendro (1940)
. Semejante será el caso de Miguel Mihura, Tres sombreros de copa (1932).
Ambos presentan facetas precedentes al teatro absurdo.

Corriente existencial:

aparece un teatro inconformista que se inserta en una corriente existencial.
Destacan:

Buero Vallejo:

su tema principal es la dialéctica entre acción y contemplación, con un matiz trágico. También se observa la preocupación por las taras físicas, su obra puede dividirse en tres etapas La primera época, teatro en esencia tradicional, Historia de una escalera (1949). 
La segunda época, teatro histórico con un tema central. Destaca:

El tragaluz (1967)

y Las Meninas (1960).
En la tercera época el espectador no ve la realidad, El sueño de la razón (1970).

Posiblemente sea junto a Lorca, uno de los dramaturgos más importantes del Siglo XX.   

Alfonso Sastre:

concibe el teatro como medio de concienciación y agitación, crea un teatro de protesta que invita a reflexionar sobre la necesidad de un cambio social, destacamos:

Escuadra hacia la muerte (1953)

o La taberna fantástica. 

El teatro realista de protesta y renuncia:

con la evolución de Buero y Sastre pasamos a una nueva etapa orientada hacia el teatro social. Aparece un público nuevo, juvenil y universitario que pide otro teatro, la censura se relaja y tolera algunos enfoques críticos. Este teatro tiene como pioneros a Buero y a Sastre y aparecerán autores como Laura Olmo o J. Martín Recuerda. La temática de este teatro es la injusticia social y la alienación.

Estos autores representan el intento de crear un teatro comprometido con los problemas de la España que vivían. 

Laura Olmo:

conocíó el éxito en 1962 con La Camisa, que presenta la mísera vida de unos chabolistas condenados a buscar trabajo en el extranjero.  

José Martín Recuerda:

comenzó en el Realismo con El Teatrito de don Ramón (1959). 

La búsqueda de nuevas formas:

hacia 1970, otros dramaturgos se lanzaron a una renovación de la expresión dramática. Se supera el Realismo y se asimilan corrientes experimentales del teatro extranjero: del teatro del absurdo a las propuestas más avanzadas, surge así una nueva vanguardia teatral, el teatro soterrado.

El caso más revelador es el de Fernando Arrabal, que optó por marcharse al extranjero, de los que siguieron en España destaca Antonio Gala (Anillos para una dama).

Fernando Arrabal:


cultiva el absurdo, y es conocido por la creación del teatro pánico:

Cementerio de automóviles (1957)

También destaca José Ruibal con


El hombre y la mosca (1977)
.

Francisco Nieva:


su estilo se caracteriza por su carácter culto, como por ejemplo en, Funeral y pasacalle o Pelo de tormenta.
También destacó El combate de Ópalos.

En general, sigue siendo un teatro de protesta y denuncia, con una temática que gira en torno a la dictadura, la falta de libertad o la injustica. Lo nuevo es el tratamiento dramático, el drama es frecuente, se recurre a la farsa, a lo grotesco y se da entrada a lo alucinante y a lo onírico.

Hay que destacar el papel ejercido por los grupos de teatro independiente, que influyeron en la renovación teatral, destacan grupos como Els Comediants o el Teatre Lliure.

A finales de década el espectáculo, la luz, la danza o la música priman sobre el texto, que suele ser de creación colectiva. Con la llegada de la democracia, el teatro se vuelca en la representación de autores prohibidos hasta entonces y recibe un importante respaldo, se crean instituciones como el Centro Dramático Nacional o la Compañía Nacional de Teatro
Clásico.

Destacó también Fermín Cabal con Esta noche gran velada.

Aparte, en los 80 se advierte de una tendencia al neorrealismo, se abordan temas de actualidad, José Luis Alonso de Santos:

La estanquera de Vallecas

Desde los 90 se aprecian varias tendencias: desde un teatro intelectual y reflexivo (Juan Mayorga) a un teatro más narrativo (García May), pasando por un teatro vanguardista (Rodrigo García).

En general, hay una cierta obsesión por mostrar las manifestaciones del mal en el mundo contemporáneo