Fe y razón en la Edad Media y la transición a la Modernidad: Hildegarda, Cristina de Pizán, Revolución Científica y Kant

Fe y razón en la Edad Media

Fe y razón en la Edad Media: Durante la Edad Media, la relación entre la fe y la razón fue un tema central del pensamiento filosófico y teológico. Lejos de ser una época oscura, los pensadores medievales intentaron mostrar que no había oposición entre creer y pensar, sino una verdadera concordancia entre fe y razón.

Los filósofos medievales partían de una idea clave: la verdad es una sola, aunque se pueda llegar a ella por distintos caminos. Por eso sostenían que la razón es sierva de la fe, no como una obediencia ciega, sino como una ayuda. La razón servía para comprender mejor lo que la fe enseñaba y para profundizar en las verdades reveladas.

San Agustín

Uno de los primeros pensadores importantes en tratar este tema fue San Agustín. Él afirmaba que primero se cree y luego se entiende, pero que entender también fortalece la fe. Para San Agustín, la fe guía a la razón y la razón ayuda a reflexionar sobre la fe. De esta relación surge una zona de confluencia, es decir, un espacio donde fe y razón trabajan juntas en la búsqueda de la verdad.

Santo Tomás de Aquino

Más adelante, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino desarrolló esta relación de manera más ordenada. Él distinguió entre los preambulos de la fe, que son verdades que la razón puede demostrar por sí sola, como la existencia de Dios, y los misterios de la fe, que superan a la razón pero no la contradicen, como la Trinidad. Gracias a esta distinción, Santo Tomás mostró que la razón tiene autonomía en ciertos temas, pero que la fe eleva ese conocimiento a un nivel superior.

En esta zona de confluencia, la razón demuestra los preámbulos de la fe y prepara el camino para la fe revelada. Así, filosofía y teología no se oponen, sino que se complementan. Esta armonía fue defendida especialmente en la Universidad de París, donde se rechazaron teorías que hablaban de una doble verdad.

En conclusión, durante la Edad Media predominó la idea de que fe y razón no se contradicen, sino que colaboran. La razón ayuda a comprender la fe, y la fe orienta a la razón hacia la verdad última.

Hildegarda von Bingen

Hildegarda von Bingen (1098–1179) fue una monja benedictina alemana que se destacó como teóloga, mística, filósofa, médica y compositora. A lo largo de su vida fundó varios conventos y afirmó recibir visiones divinas, que luego plasmó por escrito. Entre sus obras más importantes se encuentran Scivias (Libro de las obras divinas) y Causae et Curae. Su pensamiento es original porque une la fe cristiana con una fuerte conexión con la naturaleza, el cosmos y la medicina. Fue canonizada como santa en el año 2012.

Su obra más importante, Scivias, escrita entre 1141 y 1151, es fundamental para comprender su pensamiento teológico y filosófico. En este libro, Hildegarda desarrolla una visión integral del mundo a partir de sus visiones místicas. Allí explica la relación profunda entre Dios, el ser humano y la creación, mostrando que lo espiritual y lo material no están separados, sino íntimamente unidos.

Para Hildegarda, Dios es el origen de todo lo que existe, y la creación es reflejo directo de su voluntad. El universo no es algo sin sentido ni abandonado por Dios, sino una obra viva que manifiesta constantemente su gloria. La creación no es solo un hecho del pasado, sino un proceso continuo en el que Dios sigue actuando. Por eso, el mundo natural no es únicamente un espacio físico, sino también un lugar lleno de significados espirituales.

Uno de los aportes más innovadores de Hildegarda es su visión de la naturaleza. Ella sostiene que la naturaleza refleja la sabiduría divina y que todos sus elementos —plantas, animales, piedras y astros— están conectados entre sí dentro de un orden armónico querido por Dios. La naturaleza no existe solo para ser usada por el ser humano, sino que posee un valor propio y espiritual, por lo que debe ser respetada y cuidada.

En cuanto al ser humano, Hildegarda lo concibe como una criatura capaz de conocer a Dios, pero también frágil y afectada por el pecado. El pecado original rompió la armonía entre Dios, el ser humano y la creación. Sin embargo, esta ruptura puede ser sanada gracias a la redención de Cristo. La conversión espiritual y el retorno a Dios permiten restaurar no solo al individuo, sino también el equilibrio del cosmos entero.

Finalmente, Hildegarda también reflexiona sobre la medicina y la salud. Para ella, la salud no es solo física, sino también espiritual. La enfermedad es consecuencia de un desequilibrio entre cuerpo, alma y espíritu, y la curación consiste en recuperar esa armonía. Su visión médica se basa en la misma idea central de su pensamiento: la unidad entre Dios, el ser humano y la creación.

Cristina de Pizán

Cristina de Pizán (1364–1430) fue una escritora y filósofa francesa nacida en Venecia. Fue hija de un erudito que trabajó en la corte del rey Carlos V de Francia, y creció en un ambiente intelectual, con acceso a la biblioteca real. A los 25 años quedó viuda y comenzó a escribir para mantener a su familia, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en vivir de la escritura. Sus obras tratan temas de moral, política y defensa de las mujeres, por lo que es considerada una de las primeras pensadoras feministas de la historia.

Su obra más importante es La ciudad de las damas (1405), una de las primeras grandes críticas a la misoginia en la literatura occidental. En esta obra, Cristina cuestiona la imagen negativa de las mujeres dominante en la Edad Media y propone una revalorización de su papel en la sociedad y en la historia.

El contexto medieval estaba marcado por una cultura patriarcal en la que las mujeres eran consideradas inferiores a los hombres, con escaso acceso a la educación y a la vida pública. En los textos filosóficos, religiosos y literarios, las mujeres solían ser representadas de manera negativa. Frente a esta situación, Cristina escribe para defender la dignidad, la capacidad intelectual y el valor moral de las mujeres.

En La ciudad de las damas, la autora utiliza una alegoría: es guiada por Razón, Justicia y Rectitud, tres figuras simbólicas que la ayudan a construir una ciudad imaginaria donde las mujeres son reconocidas por sus virtudes y logros. Esta ciudad representa un espacio simbólico en el que las mujeres pueden ser valoradas por sus méritos y no por su género.

A lo largo de la obra, Cristina presenta ejemplos de mujeres destacadas de la historia y la mitología, como Juana de Arco, Hipatia de Alejandría, la emperatriz Teodora y Artemisa, para demostrar que las mujeres han sido capaces de grandes aportes en distintos ámbitos.

Un aspecto central del pensamiento de Cristina es la defensa de la educación femenina. Sostiene que si las mujeres recibieran la misma educación que los hombres, podrían desarrollar plenamente sus capacidades. Además, afirma que las mujeres son capaces de la virtud y de grandes actos morales, y que deben ser juzgadas por sus acciones y no por su género.

La Revolución Científica y el paso a la Edad Moderna

La Revolución Científica y el paso a la Edad Moderna: La Revolución Científica fue la transición del conocimiento basado en la autoridad al conocimiento basado en la experiencia y el método experimental. Comenzó en el Renacimiento (siglo XVI) y se prolongó hasta la Ilustración (siglo XVIII), dando origen a la ciencia moderna. La visión medieval geocéntrica, con la Tierra inmóvil en el centro del universo, fue reemplazada por la visión heliocéntrica de Copérnico, donde el Sol está en el centro y los planetas giran a su alrededor. Galileo y Kepler respaldaron esta idea, y la matematización de las leyes de la física permitió describir los fenómenos usando herramientas y lenguaje matemático.

La visión de Aristóteles, basada en fines y propósitos, fue sustituida por un enfoque mecanicista y causal. Newton desarrolló la ley de gravitación universal, eliminando la distinción entre mundo sublunar y supralunar, y mostrando que el universo funciona de manera uniforme. Así, se concibe como una gran máquina cuyos elementos interactúan por causa y efecto, sin buscar un fin ni regresar a un lugar original.

En este contexto, el método científico y la matematización de las leyes físicas permiten describir y predecir fenómenos naturales de forma objetiva y confiable. El método científico sigue pasos claros: observación, planteamiento del problema, hipótesis, experimentación, análisis de resultados y conclusiones. Esto fue fundamental para el avance de la física moderna.

La disputa sobre el problema del conocimiento: racionalismo y empirismo

La disputa sobre el problema del conocimiento: Racionalismo y Empirismo: En la modernidad (siglos XV–XVIII), la filosofía se centra en el problema del conocimiento. Surgen dos corrientes principales: racionalismo y empirismo.

Racionalismo

En el racionalismo destacan Descartes, junto con Spinoza y Leibniz. Sus ideas principales son:

  1. Crítica al pensamiento escolástico, a la fe y a la autoridad como criterios de verdad, y al método deductivo basado en silogismos, frente al método inductivo de la ciencia moderna.
  2. Recuperación del pensamiento escéptico para establecer los límites de la razón y eliminar prejuicios.
  3. Desarrollo de la ciencia con la matematización de las leyes físicas.

Descartes buscó un primer criterio de verdad basado en principios evidentes. Según él, la razón tiene una capacidad ilimitada para encontrar la verdad. Para lograrlo, propone un método con cuatro reglas:

  1. Evidencia
  2. Análisis
  3. Síntesis
  4. Enumeración

Aplica la duda metódica, cuestionando los sentidos, los sueños y la «hipótesis del genio maligno». Así llega a la primera verdad indudable: «Pienso, luego existo» (Cogito, ergo sum). A partir de esto distingue tres sustancias: pensante, extensa y divina.

También distingue tres tipos de ideas:

  • Innatas (con las que nacemos)
  • Adventicias (del mundo exterior)
  • Facticias (creadas por la imaginación)

Solo considera fiables las ideas innatas para construir conocimiento.

Empirismo

El empirismo, representado por Hume, Locke y Berkeley, surge en Inglaterra como reacción al racionalismo. Su base es la experiencia: la mente nace como una «tabula rasa» y todo conocimiento proviene de la experiencia. El criterio de verdad es el principio de la copia: las ideas deben provenir de impresiones sensibles. Así, el empirismo critica las ideas metafísicas tradicionales (Dios, alma, mundo) y sostiene que solo conocemos fenómenos, lo que aparece a nuestros sentidos, no las cosas en sí.

La teoría política contractual en la Edad Moderna

La teoría política contractual en la Edad Moderna: Con la pérdida del poder eclesiástico en el siglo XVII, se cuestionó la legitimidad del poder del monarca, surgiendo las teorías contractualistas. Estas teorías explican el origen y la justificación del poder a partir del contrato social, mediante el cual los individuos aceptan limitar sus libertades a cambio de leyes y seguridad.

Hobbes

Hobbes estableció la base del contractualismo en Leviatán (1651):

  • Estado de naturaleza: guerra de todos contra todos, porque la naturaleza humana es violenta y egoísta.
  • Pacto: para evitar el caos, se cede todo el poder a un soberano.
  • Estado de sociedad: monarquía absoluta, legitimada por el poder soberano, sin división de poderes.

Locke

Locke defendía un estado de naturaleza distinto: no es violento, existe una ley moral natural y los seres humanos son libres e iguales. El paso a la sociedad civil se hace mediante un contrato social, renunciando a la autolegislación pero obteniendo beneficios:

  • Ley escrita que asegura la ley natural
  • Propiedad privada
  • División de poderes para evitar abusos: legislativo, ejecutivo y federativa

Montesquieu reforzó la idea de división de poderes, separando legislativo, ejecutivo y judicial.

Rousseau

Rousseau, en El contrato social, sostiene que el ser humano es bueno en el estado de naturaleza, guiado por la compasión y el amor propio, tomando solo lo necesario de la naturaleza. La propiedad privada corrompe a la sociedad, transformando la compasión en egoísmo. Para corregir esto, la sociedad debe organizarse según la voluntad general, en torno a la cual se establecen las leyes para garantizar justicia.

El giro copernicano de Immanuel Kant

El giro copernicano de Immanuel Kant: La teoría del conocimiento de Kant (1724–1804), el idealismo trascendental, surge como respuesta crítica al dogmatismo de la filosofía previa, especialmente de la metafísica racionalista, que llevaba demasiado lejos sus especulaciones sin revisar los límites de la razón. Tras leer a Hume, quien lo «despierta del sueño dogmático», Kant estudia sistemáticamente las facultades cognitivas humanas y sus principios a priori, dando origen a la Crítica de la razón pura.

Esta teoría supera el racionalismo y el empirismo anteriores: ambas corrientes consideraban al sujeto pasivo, recibiendo la realidad ya sea a través de ideas (racionalismo) o impresiones y percepciones (empirismo). El giro copernicano de Kant consiste en invertir este esquema: el sujeto cognoscente es activo, aporta estructuras propias al conocer.

En el sujeto hay formas que permiten percibir y pensar la realidad: primero, la sensibilidad da forma a lo percibido; segundo, el entendimiento organiza estas intuiciones. Así, todo conocimiento surge de la interacción entre las formas a priori del sujeto y la experiencia.

Según Kant, nunca percibimos la realidad tal como es (el noumeno), sino que solo vemos fenómenos, las cosas tal como se nos presentan bajo nuestras formas a priori de percepción y pensamiento.

Olympe de Gouges

Olympe de Gouges (1748–1793) fue una escritora y activista francesa que destacó durante la Revolución Francesa por su defensa de los derechos de las mujeres. Criada en una familia humilde, se trasladó a París y se dedicó a la escritura de obras teatrales, políticas y filosóficas, desafiando las normas sociales y políticas de su época. Su valentía se reflejó en la denuncia de la discriminación de género y en su lucha por la igualdad entre hombres y mujeres.

En 1791 escribió La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, como respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que excluía a las mujeres. En esta obra, de Gouges reclama igualdad de derechos en todos los ámbitos: educación, participación política y propiedad. La declaración tiene 17 artículos que abogan por la libertad, el voto femenino, la propiedad y la participación activa de las mujeres en la sociedad.

De Gouges utiliza un lenguaje claro y audaz para desafiar las estructuras patriarcales, afirmando que las mujeres tienen los mismos derechos naturales que los hombres y que su opresión no es producto de la naturaleza, sino de construcciones sociales y políticas injustas. También resalta la importancia de la educación como herramienta de emancipación, permitiendo a las mujeres ejercer plenamente sus derechos y ser reconocidas como ciudadanas activas.

Aunque la obra fue rechazada por las autoridades revolucionarias, su mensaje valiente dejó una huella en la historia del feminismo, cuestionando las normas de su tiempo y sentando bases para la lucha por la igualdad de género en los siglos posteriores.