La Conquista y Romanización de la Península Ibérica
La conquista romana fue un proceso histórico caracterizado por el dominio, la organización y la explotación de la Península Ibérica. Durante este periodo, los romanos difundieron su cultura, política y economía entre los pueblos indígenas. Este proceso no fue uniforme ni en tiempo ni en espacio; existieron zonas más romanizadas, como el valle del Guadalquivir —debido a su modernidad y al comercio con los pueblos colonizadores—, frente a otras menos integradas, como la cornisa cantábrica.
La romanización contó con el apoyo de las élites locales, interesadas en conservar su poder y obtener el derecho a la ciudadanía.
Desarrollo de la conquista
Tras la expansión de Cartago por la zona mediterránea, los romanos se sintieron amenazados y firmaron el Tratado del Ebro (226 a.C.). Posteriormente, Aníbal incumplió el pacto invadiendo Ampurias, territorio bajo influencia romana, lo que desencadenó la II Guerra Púnica (218 a.C.) y el inicio de la conquista de la península Ibérica, estructurada en tres fases:
- Conquista de Levante (218-197 a.C.): Durante la II Guerra Púnica, los romanos desembarcaron en Ampurias y lograron dominar el litoral mediterráneo y los valles del Ebro y del Guadalquivir.
- Conquista de las mesetas (197-139 a.C.): Se logró someter la meseta, destacando la resistencia de los lusitanos (Viriato) y los celtíberos (Numancia).
- Zona Cantábrica (29-19 a.C.): Augusto, el primer emperador con poder absoluto, conquistó la cornisa cantábrica para frenar los saqueos al valle del Duero, explotar las minas (especialmente de oro) y legitimar su poder.
Organización administrativa de Hispania
El concepto de Hispania para los romanos se refería a una unidad territorial cuya división provincial evolucionó con el tiempo:
- 197 a.C.: Dos provincias: Ulterior (sur) y Citerior (costa este).
- 27 a.C. (Augusto): Tres provincias: Bética, Lusitania y Tarraconense.
- 294 d.C. (Diocleciano): La Tarraconense se fragmentó en Tarraconensis, Gallaeica y Cartaginensis. Posteriormente aparecieron la Balearia y la Mauritania Tingitana.
Augusto estableció dos tipos de provincias según su grado de asimilación:
- Provincias senatoriales: Plenamente pacificadas, bajo administración del Senado (ej. Bética).
- Provincias imperiales: De reciente conquista, bajo control directo del emperador (ej. Lusitania).
Estructura urbana y social
La civilización romana organizó sus ciudades en:
- Privilegiadas: Colonias (fundadas por romanos, como Emerita Augusta) y Municipios (ciudades preexistentes con derecho latino).
- No privilegiadas: Estipendiarias (sometidas por la fuerza), Liberales (aliadas) y Federadas (con acuerdos de independencia).
La sociedad era esclavista y jerarquizada en cuatro grupos: Orden senatorial, Orden ecuestre, Populus (pequeños agricultores y artesanos) y Esclavos. Esta estructura cambió en el 76 d.C. con Vespasiano (derecho latino) y en el 212 d.C. con Caracalla (derecho romano a todos los habitantes).
Economía y crisis del Bajo Imperio
La economía se basaba en la agricultura (trigo, vid, olivo), ganadería (ovejas), minería (oro, plata, cobre) y pesca (salazones). El comercio, facilitado por vías como la de la Plata, evolucionó de un modelo colonial a uno de autosuficiencia en el Bajo Imperio.
Durante el siglo III, el Imperio entró en crisis por la dificultad de administrar territorios tan extensos, la falta de esclavos y la presión fiscal. Esto provocó el declive de la vida urbana y el auge de los latifundios, que tendían a la autosuficiencia. La inseguridad ante las invasiones (francos y alamanes) impulsó el colonato, germen del futuro feudalismo.
Conclusión: El legado de Roma
La presencia romana constituye el primer capítulo fundamental de la Historia de España. El legado incluye la extensión del latín, el derecho romano, la red de vías, el comercio y un vasto patrimonio artístico (acueductos, teatros, anfiteatros). Destacan figuras como los emperadores Trajano, Adriano y Teodosio.