Vanguardias y la Generación del 98: movimientos, autores y valoración de El árbol de la ciencia

Vanguardias

Su comienzo viene marcado por la publicación en 1909 del Manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti. Se presentaron como corrientes alternativas, juveniles, rupturistas y provocadoras. Algunas vanguardias dejaron una profunda huella en el arte posterior, a pesar de que fueron efímeras. Su mayor logro fue imponer la libertad total del artista. Son movimientos no solo literarios, sino que afectan a todos los ámbitos artísticos.

Rasgos principales

  • Originalidad y rechazo de las normas y tradiciones.
  • Combinación de técnicas de distintas artes.
  • Antirrealismo.
  • Rechazo del sentimentalismo.
  • Exaltación de la contemporaneidad.

Se difundieron mediante revistas y manifiestos. En España, tuvieron difusión a través de tertulias, como la del café Pombo, y de figuras como Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Assens y el poeta chileno Vicente Huidobro.

Vanguardias destacadas

  • Expresionismo.
  • Futurismo: nace en Italia con la publicación del manifiesto de Marinetti.
  • Cubismo: se basa en la visión múltiple de la realidad.
  • Surrealismo (1926-1936): fue el movimiento más fructífero e influyente en la segunda etapa de la Generación del 27 (Rafael Alberti, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda).
  • Dadaísmo: fundado por Tristan Tzara.

Vanguardias en España

  • Ultraísmo. Fue introducido en España por Guillermo de Torre. Movimiento ecléctico en el que se reunían algunos de los rasgos esenciales de varias vanguardias. Destacan escritores como Ramón Gómez de la Serna (conocido por sus greguerías), Rafael Cansinos Assens y el argentino Jorge Luis Borges.
  • Creacionismo. Introducido en España por el chileno Vicente Huidobro. Destaca Gerardo Diego.

Novecentismo y generación del 98

Novecentismo y la Generación del 98 representan corrientes intelectuales y literarias que reaccionan ante la crisis española de fin de siglo y buscan renovar la cultura y la literatura.

Los principales autores

  • Miguel de Unamuno

    Renueva la novela creando un nuevo concepto: la nivola, cuyo máximo exponente es Niebla. Defiende el concepto de intrahistoria (fijarse en la vida cotidiana de la gente del pueblo y no tanto en los grandes acontecimientos históricos). Otra novela destacada es San Manuel Bueno, mártir.

  • Pío Baroja

    En sus novelas incluye pasajes reflexivos junto a otros de acción y de crítica. Domina las descripciones y el diálogo. Los títulos más destacados son Camino de perfección y El árbol de la ciencia.

  • José Martínez Ruiz (Azorín)

    Sus novelas son lentas y en ellas el argumento carece de importancia a favor de las descripciones y las reflexiones filosóficas. La novela más importante es La voluntad.

  • Ramón María del Valle-Inclán

    Sus primeras obras se encuadran en la estética modernista. Más adelante abandona esta corriente y se integra en la generación del 98 con novelas históricas como la trilogía sobre la guerra carlista o la inconclusa El ruedo ibérico. Su aportación más destacada la realiza en el género teatral, creando el esperpento, plasmado y definido en su obra cumbre Luces de Bohemia.

  • Antonio Machado

    Es el único poeta de la generación del 98 que aparece entre estos autores. Se centra en describir el paisaje castellano como máxima representación de la esencia de España, al tiempo que plasma en algunos poemas los temas del amor y la muerte, con reminiscencias autobiográficas. Su obra cumbre dentro de esta corriente es Campos de Castilla.

Valoración crítica

El árbol de la ciencia es una novela escrita por Pío Baroja en 1911. Forma parte de la trilogía La Raza, junto con La dama errante y La ciudad de la niebla. En el marco de la crisis finisecular, marcada desde el punto de vista político por la pérdida de las últimas colonias en 1898, Baroja forma parte de la generación a la que da nombre este acontecimiento y en sus novelas deja patente su preocupación por la situación de España y la necesidad de regeneración para dar respuesta al problema.

El argumento gira en torno a Andrés Hurtado, un joven que comienza sus estudios de Medicina en Madrid. Su natural pesimismo se ve incrementado por su experiencia universitaria y se agrava aún más por sus experiencias posteriores en el ejercicio de la medicina y la lectura de filósofos como Nietzsche o Schopenhauer. Cuando se casa con Lulú, consigue la felicidad, aunque siempre permanece en él la sombra pesimista de que algo malo va a suceder. Así ocurre al final, cuando su hijo y su esposa fallecen al nacer este, lo que acaba con su suicidio.

Algunas de las escenas narradas en la novela, como el ambiente universitario, son retazos autobiográficos del propio autor. El lenguaje es claro, sencillo y directo, acorde con el estilo de la Generación del 98, y los personajes se retratan no solo mediante las descripciones, sino también a través de los diálogos.

Estructuralmente, la novela posee una estructura dividida en distintas partes, cada una de las cuales, a su vez, está formada por varios capítulos que presentan un título que los resume. Además, la narración es lineal y el narrador es omnisciente. Se aprecia un eje central que divide el contenido en dos partes y que se correspondería con la conversación filosófica mantenida por Andrés con su tío Iturrioz en la buhardilla de la casa de este al comienzo de la cuarta parte, justo después del fallecimiento de su hermano. Ambos personajes establecen un diálogo en el que se deja traslucir el propio pensamiento del autor.

La experiencia vital de Andrés, tanto en su trabajo como en la vida, forja en él un carácter pesimista, cuyo colofón lo constituye la muerte de Luisito. Andrés no cree en la vida ni en la sociedad, no le encuentra sentido a la existencia y se entrega a un sentimiento de abulia. Su tío Iturrioz le dice que «ese intelectualismo no puede conducirle a nada bueno» y le aconseja cambiar de actitud y decantarse por los filósofos ingleses partidarios del utilitarismo, como Hobbes.

En consonancia con el afán regeneracionista del momento, Baroja refleja varios aspectos de la sociedad con afán crítico. En primer lugar, el ambiente universitario corrupto, junto con la baja calidad de las enseñanzas y de los profesores, pronto hacen que Andrés continúe sus estudios sin ningún tipo de vocación; Baroja deja patente su crítica hacia la situación académica en España. La experiencia en el hospital de San Juan de Dios refleja la precaria situación de la sanidad del momento y el mal trato que en ocasiones algunos médicos daban a los enfermos.

El pueblo de Alcolea refleja fielmente la sociedad rural, marcada, al igual que la urbana, por la corrupción, que se materializa aquí en el caciquismo y en el abuso de los poderosos, así como en la doble moral (por ejemplo, la venta de revistas pornográficas, al tiempo que los habitantes mantenían las costumbres más tradicionales en cuanto a la sexualidad y el matrimonio). A pesar de episodios como el de la hija del molinero, a la que Andrés salva la vida, su buena práctica no obtiene reconocimiento entre los habitantes, que se dejan llevar por otros criterios menos objetivos.

Por último, el episodio de la muerte de Villasús está basado en la muerte de Alejandro Sawa, un escritor ciego y bohemio también reflejado en Luces de Bohemia por Valle-Inclán. En la conversación filosófica que divide en dos el libro, Andrés e Iturrioz conversan sobre el asunto que da título a la obra y que se basa en el relato del Génesis: el árbol de la ciencia debe anteponerse al de la vida y desterrar el servilismo al que conducía la religión. La ciencia se presenta como un camino válido para cambiar la situación y conseguir el progreso. Sin embargo, el árbol de la ciencia conduce, a la vez, hacia un camino penoso y estrecho que destapa las injusticias, la falta de bondad y la cruda realidad de la vida, tal y como pensaba Andrés, influido por la filosofía alemana.

De los personajes secundarios podemos destacar a Lulú, que tiene el contrapunto en su hermana Niní. Esta última representa el papel más tradicional de la mujer en la época, un papel más sumiso y condicionado al hombre. En cambio, Lulú es más independiente y con un carácter más fuerte, que la hace segura de sí misma; lo demuestra, por ejemplo, el hecho de que quiera trabajar, reconociendo así la precariedad económica en la que viven ella y su familia.

La «ventana abierta al abismo» de la que habla el protagonista se traduce en el suicidio de Andrés. Las palabras de su tío Iturrioz, «tenía algo de precursor», cierran la novela aludiendo a que Andrés abre la esperanza hacia un cambio en la sociedad española, que debe avanzar hacia el regeneracionismo a través de la ciencia y la modernización.