Teatro español posterior a 1936: Tendencias, rasgos principales, autores y obras más significativos
Teatro de los años 40: La comedia burguesa y el teatro cómico (E. Jardiel Poncela y Miguel Mihura)
La creación teatral inmediatamente posterior a la Guerra Civil se vio afectada por la rígida censura y el exilio de los autores más innovadores (como Rafael Alberti, Max Aub o Alejandro Casona, quien estrenó La dama del alba en 1944). Además, la penuria económica obligaba a los empresarios a asegurar sus ingresos y apostar por obras de evasión y entretenimiento del gusto del público: la alta comedia burguesa. Las representaciones se centraron en las grandes ciudades, como Barcelona o Madrid (por ejemplo, en el teatro María Guerrero).
La herencia de Jacinto Benavente se dejó sentir en una serie de comedias despreocupadas de los problemas reales que ahogaban a la sociedad española, complacientes con la alta burguesía y acordes a los principios ideológicos tradicionalistas y católicos de la dictadura. Era un teatro ambientado en interiores acomodados y con poca profundidad psicológica de los personajes. Sus representantes más genuinos fueron José María Pemán, Edgar Neville (El baile), Juan Ignacio Luca de Tena (¿Dónde vas, Alfonso XII?) y Joaquín Calvo Sotelo. También hubo un teatro cercano a los ideales del régimen franquista, denominado «Teatro Nacional de la Falange».
Algunos autores encontraron a través del humor un modo de introducir innovaciones teatrales: escenas inverosímiles y absurdas, con diálogos brillantes e ingeniosos. Enrique Jardiel Poncela se había dado a conocer en los años veinte como genial renovador de la literatura humorística.
Sus obras presentaban situaciones rebuscadas y chocantes, con personajes excéntricos por su comportamiento y forma de hablar. Utilizaba un humor intelectual, emparentado con el surrealismo, que no se privaba de criticar ciertas ideas o usos sociales. Entre sus obras debemos destacar Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), Eloísa está debajo de un almendro (1940) y Los ladrones somos gente honrada (1941).
Miguel Mihura (1903-1979) practicó un humor suavizado con ternura y sentimentalismo, aunque mantuvo el juego con lo irracional y lo incongruente como fuente de comicidad. Hizo un gran uso de la hipérbole, la ironía, lo ilógico y la agudeza e ingenio en los diálogos para denunciar la falsedad de algunas convenciones sociales. Su mejor obra, Tres sombreros de copa, fue escrita en 1932, pero no se representó hasta 1952. Después vendrían otras como El caso de la mujer asesinadita, Melocotón en almíbar o Maribel y la extraña familia. En estas obras, la humanidad de los personajes y la preferencia por los finales felices encubren el pesimismo del autor.
Realismo social de los años 50: Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre
A finales de los cuarenta, y en circuitos no comerciales, nació un teatro que se situaba al margen de la comedia burguesa y humorística vigente. Se trataba de un teatro realista, movido por el inconformismo social e impregnado en algunos casos de desasosiego existencial. Por su escasa representación se denominó «teatro soterrado».
Destacaron dos autores:
- Antonio Buero Vallejo: Creía posible realizar una crítica de los males del sistema dentro de las limitaciones de la censura oficial (actitud que se llamó «posibilismo»).
- Alfonso Sastre: Consideraba imposible llevar a cabo ese tipo de crítica y defendió un realismo social de carácter más revolucionario, con función política (postura que se conoció como «imposibilismo»). Alfonso Sastre definía su teatro como «estética del boomerang», pues debía terminar por golpear al espectador.
Antonio Buero Vallejo (1916-1999) fue un autor dramático español muy importante de la segunda mitad del siglo XX. Con Historia de una escalera inauguró en 1949 en nuestro país la corriente existencial, que reflexionaba sobre el sentido de la vida, la condición humana o la frustración de las ilusiones. Él partía de una realidad concreta que hacía reflexionar a los espectadores. Nunca trataba de imponer una tesis, sino que planteaba un problema dejando que el público sacara sus conclusiones.
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Podríamos estructurar su teatro del siguiente modo:
- Obras de crítica y denuncia: Presentó la sociedad y realidad españolas contemporáneas. Destacan Historia de una escalera (1949) y El tragaluz (1967).
- Obras de corte simbólico: La tejedora de sueños (1952), Casi un cuento de hadas (1953) y La fundación (1974).
- Obras de fondo histórico: Un soñador para un pueblo (1958), sobre el motín de Esquilache; Las Meninas (1960), sobre Velázquez; El sueño de la razón (1970), sobre Goya; y La detonación (1977), sobre Larra.
Independientemente del tipo de obra, Buero llevó a escena su reflexión y su compromiso ético con la sociedad española de su tiempo. La condición humana, su espíritu, su dignidad, el sentido de la vida, la injusticia social, la defensa del débil, la libertad, la tolerancia, la lucha por la verdad y los auténticos valores humanos o los problemas político-sociales recorren su teatro.
Su estilo se caracteriza por la sobriedad absoluta. Su lenguaje es sencillo, pero, a la vez, tiene una gran fuerza dramática. Uno de los rasgos más característicos del teatro de Buero es la oposición entre personajes activos, que luchan por superar sus circunstancias adversas, y personajes contemplativos, dominados por la duda y por la angustia.
Alfonso Sastre (1926) manifestó su compromiso social no solo en sus obras, sino también en sus trabajos críticos y su participación en iniciativas con las que renovar el teatro español, como la creación del grupo experimental Arte Nuevo.
Su producción se divide en tres etapas:
- En los años cuarenta escribió un teatro metafísico, de inquietud existencial: Uranio 235 y Comedia sonámbula.
- Desde 1950 practicó un teatro de crítica social que se irá radicalizando con el tiempo. Su consagración llegó con Escuadra hacia la muerte (1953), un profundo drama existencial de abierto antimilitarismo.
Siguieron otras grandes obras como La mordaza, una condena de la dictadura, o Tierra roja. Otras obras, como Guillermo Tell tiene los ojos tristes, no se estrenaron hasta la restauración de la democracia.
- La tercera etapa corresponde a la tragedia compleja, en la que se aúnan la caricatura grotesca al estilo de Valle-Inclán y el distanciamiento objetivista propuesto por Bertolt Brecht. A este modelo corresponden obras como La sangre y la ceniza (sobre Miguel Servet; escrita entre 1961 y 1965, editada en 1967 y estrenada en 1976) o La taberna fantástica (1985).
El teatro desde los años 60 hasta 1975: Teatro comercial, social y experimental (Fernando Arrabal y Francisco Nieva)
Además del teatro comercial que seguía triunfando en los escenarios españoles, en los años sesenta aparecieron algunos jóvenes dramaturgos que continuaron en un primer momento la estética realista, con temática social (miseria, inmigración, injusticia) y diálogos muy precisos que reflejaban el habla popular y coloquial de las clases bajas. Destacan Lauro Olmo (La camisa, Los salvajes en Puente San Gil) y Carlos Muñiz (Tragicomedia del serenísimo príncipe don Carlos).
Hacia finales de la década, el teatro realista testimonial entró en crisis. Dos síntomas delataban este agotamiento: por un lado, la aparición de autores jóvenes que, de acuerdo con las tendencias renovadoras internacionales (las obras de Bertolt Brecht, el teatro del absurdo de Ionesco o Beckett, el teatro de la crueldad de Artaud o el teatro pobre de Grotowski), se entusiasmaron ante el reto de experimentar con el lenguaje teatral; por otro, la creación de grupos de teatro independientes que actuaron al margen de la red de salas comerciales. La censura comenzó a ser más permisiva y esta mayor libertad creadora dio lugar a la composición de obras más innovadoras en cuanto a temas y técnicas escenográficas.
Fernando Arrabal, por ejemplo, fue construyendo desde Francia una producción dramática muy reconocida, a menudo acompañada por el escándalo. En su obra convergen la tradición satírico-grotesca española (Quevedo, Goya, Valle-Inclán) y las vanguardias internacionales (dadaísmo, surrealismo, las obras de Artaud). Evolucionó desde un teatro del absurdo hacia lo que él llamó «teatro pánico», que buscaba la provocación perturbadora del espectador. Destacan sus obras Pic-nic, sobre la incoherencia de las guerras, y El triciclo, sobre seres marginales.
El cementerio de automóviles, acerca de las tiranías que ahogan la creatividad, o La torre de Babel son otros ejemplos destacados. Esta neovanguardia teatral rompe claramente con las convenciones formales del teatro anterior, aunque mantiene vivo el compromiso con la denuncia de la injusticia y de la falta de libertad. Desaparece la estructura argumental tripartita para dejar paso a una historia fragmentaria y abierta. Los personajes son meros soportes de conceptos o funciones, víctimas del sistema, que se mueven en un espacio irreal, alegórico. Con frecuencia se recurre a la parodia o a la farsa, a elementos grotescos o al más puro absurdo de la tradición surrealista. En resumen, se trata de un teatro simbólico que requiere del espectador un esfuerzo de complicidad e interpretación.
Autores importantes serán Luis Riaza, José Ruibal, Miguel Romero, Luis Matilla, Alberto Miralles o Manuel Martínez Mediero.
Destacaremos sobre todo a Francisco Nieva. El tema más habitual en las creaciones de este castellano-manchego fue la imposibilidad del desarrollo pleno del ser humano a consecuencia de la represión social y espiritual. Su estilo refleja influencias del surrealismo, el postismo, el esperpento, el teatro del absurdo de Beckett y de Ionesco y las representaciones de Alfred Jarry. Utiliza un lenguaje culto, a veces barroquista, con gran ironía. Es un gran creador de piezas breves, divididas en secuencias.
Francisco Nieva clasificó inicialmente su obra en tres grupos:
- Teatro furioso: Obras que critican la moral represiva, con clara influencia del esperpento de Valle-Inclán. Destacamos Pelo de tormenta y Nosferatu.
- Teatro de farsa y calamidad: Obras de contenido metafísico, con personajes más complejos y lenguaje más sencillo que en las anteriores. Ej. El baile de los ardientes.
- Teatro de crónica y estampa: Sombra y quimera de Larra es la única obra que Nieva considera en este grupo.
Las experiencias más interesantes en el terreno de la innovación surgieron durante los diez últimos años de la época franquista, con la creación de grupos de teatro independiente que representaron obras de los autores europeos más importantes, las difundieron a nuevos sectores de la población y, sobre todo, demostraron que el teatro era algo más que un pasatiempo para gente distinguida.