1. El Emotivismo Moral de David Hume
El emotivismo moral de Hume sostiene que la moralidad no nace de la razón, sino del sentimiento:
- El origen es el corazón: Los juicios morales no son verdades lógicas, sino expresiones de nuestras emociones de agrado o desagrado ante un hecho.
- Sentimiento sobre la razón: La razón solo analiza datos, pero es el sentimiento el que nos impulsa a actuar y califica algo como «bueno» o «malo».
- Subjetividad y empatía: No existen criterios racionales universales; aprobamos o rechazamos acciones basándonos en la simpatía o empatía que despiertan en nosotros.
- Función del lenguaje: Las frases éticas no describen la realidad, sino que sirven para expresar emociones o persuadir a otros para que sientan lo mismo.
2. El Epicureísmo: La Búsqueda de la Ataraxia
El epicureísmo defiende que la felicidad se consigue a través del placer entendido como autarquía, esto es, como pleno dominio de uno mismo, de los propios deseos y afectos, de los temores, las preocupaciones, penas y dolores que nos impiden sentirnos felices (se trata de un tipo de placer tranquilo y duradero).
Para los epicúreos, el sabio es quien reconoce que el verdadero placer no se logra acumulando bienes materiales, sino que se encuentra en “la ataraxia”, es decir, en la serenidad y el equilibrio del alma que producen el conocimiento, la amistad y los hábitos saludables en un entorno agradable.
Pensador: Epicuro, filósofo griego (s. IV-III a.C.).
3. La Ética del Diálogo de Jürgen Habermas
Jürgen Habermas propone una ética basada en el diálogo entre ciudadanos. Las normas morales deben surgir de discusiones racionales y críticas para buscar el bien común. Su propuesta se articula en tres ideas principales:
- Razón comunicativa: Las decisiones morales se construyen mediante el diálogo y el consenso, pasando del “yo” al “nosotros”.
- Condiciones del diálogo: El debate debe ser público, libre, sin coacción, con crítica y posibilidad de revisión, respetando que todos tengan los mismos derechos.
- Principio de universalización: Una norma es válida solo si todos los afectados aceptarían sus consecuencias; es decir, debe poder aplicarse a todos sin problemas.