1. El reinado de Carlos IV y la Guerra de la Independencia (1788–1813)
La Guerra de la Independencia estalla como consecuencia de la ocupación de España por Napoleón en 1808. Gran parte del pueblo español y de las instituciones políticas se enfrentaron al invasor hasta el año 1813, momento en que se firma el Tratado de Valençay.
Carlos IV accedió al trono en 1788, en plena crisis internacional provocada por la Revolución Francesa (1789). Su reinado estuvo dominado por Manuel Godoy, su valido, quien concentró un gran poder. Al principio, España se opuso a la Francia revolucionaria tras la ejecución de Luis XVI (1793), lo que rompió los Pactos de Familia. Sin embargo, tras ser derrotada, firmó la Paz de Basilea (1795), recuperando territorios y sellando una nueva alianza con Francia. Con los Tratados de San Ildefonso, España se unió a Francia contra Inglaterra, pero la alianza se saldó con la derrota de Trafalgar, que destruyó la Armada española y dejó al país sin flota.
En 1807, Godoy firmó el Tratado de Fontainebleau, permitiendo la entrada de tropas francesas en España con la excusa de invadir Portugal. Napoleón aprovechó esta situación para ocupar el país. En la corte, el descontento contra Godoy crecía y se agrupó en torno al Príncipe de Asturias, Fernando VII. El Motín de Aranjuez (marzo de 1808), protagonizado por el pueblo y parte de la nobleza, obligó a Carlos IV a abdicar en su hijo Fernando VII. Napoleón convocó a ambos reyes en Bayona, donde logró las Abdicaciones de Bayona (1808), cediendo el trono a su hermano José Bonaparte, quien fue proclamado rey de España.
La ocupación francesa provocó una reacción nacional sin precedentes: el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se sublevó contra las tropas francesas del general Murat. La represión fue durísima —Goya la inmortalizó en Los fusilamientos del 3 de mayo— y la rebelión se expandió por toda España. En muchas regiones se formaron Juntas Provinciales de Defensa, que asumieron el poder en nombre de Fernando VII y organizaron la resistencia.
Etapas de la Guerra de la Independencia
1. La resistencia popular hasta finales de 1808
Tras el levantamiento del 2 de mayo en Madrid, la insurrección se extendió por toda España. Ciudades como Zaragoza y Gerona resistieron heroicamente, y en julio de 1808, en Bailén, el general Castaños obtuvo la primera victoria sobre las tropas napoleónicas, obligando a José I a huir de Madrid. Se formaron Juntas Supremas, unificadas en la Junta Suprema Central, que pidió ayuda a Inglaterra. La victoria levantó la moral del pueblo, aunque la falta de organización impidió aprovecharla.
2. La gran ofensiva francesa (1808–1812)
Tras la derrota de Bailén, Napoleón decide ponerse al frente de la Grande Armée y entrar en España. Sus tropas controlan las principales ciudades y caminos, y José I vuelve a Madrid. Los ingleses intentan avanzar por la costa portuguesa y gallega, pero son frenados por Napoleón y Soult. En 1809, Napoleón parte hacia Austria mientras la resistencia española continúa con la táctica de guerrillas contra los franceses.
3. La contraofensiva aliada (1812–1813)
En 1812 la guerra da un giro. Napoleón, enfrentado a la campaña de Rusia, retira tropas de España. Los ingleses intensifican su ofensiva y en 1813, junto a los españoles, avanzan desde Portugal. Las victorias de Ciudad Rodrigo y Arapiles hacen retroceder a los franceses, que son derrotados en San Marcial y Vitoria. José I abandona España y el Tratado de Valençay devuelve el trono a Fernando VII. En 1814 salen los últimos soldados franceses. La guerra también enfrentó ideologías: los afrancesados apoyaban las reformas napoleónicas, mientras patriotas absolutistas y liberales luchaban entre sí, destacando estos últimos con la Constitución de 1812.
2. Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812
Las Cortes de Cádiz se formaron durante la Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1813). Su labor mostró que existía un grupo importante de españoles que defendía la renovación del sistema político. La convocatoria de Cortes se relaciona con el vacío de poder provocado por la invasión napoleónica. En 1808, Fernando VII viaja a Bayona con la familia real, convocado por Napoleón. En Bayona, Napoleón impone a su hermano José Bonaparte como rey de España tras las abdicaciones de los Borbones. José I es apoyado por los afrancesados, que vieron en su gobierno una vía para modernizar las estructuras políticas españolas, recogidas en la Carta Constitucional de Bayona de 1808. Al final de la guerra, los afrancesados fueron perseguidos y muchos huyeron al exilio.
José Bonaparte no fue reconocido por los patriotas españoles, quienes formaron Juntas Provinciales de Defensa proclamando la soberanía nacional. Estas juntas dieron lugar a la Junta Suprema Central, que asumió la soberanía de la nación y coordinó la resistencia militar pidiendo ayuda a Inglaterra. Su sede estuvo en Aranjuez, Sevilla y Cádiz. En 1809, la Junta Suprema convocó en Cádiz las Cortes Generales del Reino, que abrieron sus sesiones en septiembre de 1810 presididas por Floridablanca. Los diputados tuvieron dificultades para llegar, ya que muchos caminos estaban ocupados por los franceses.
Las Cortes reflejaron el choque ideológico entre absolutistas, que defendían el sistema del Antiguo Régimen con representación por estamentos, y liberales, que defendían la soberanía nacional y el voto individual. Un tercer grupo, los reformistas ilustrados, querían continuar con las reformas sin atacar al rey. La labor de las Cortes favoreció al grupo liberal, que promovió medidas para acabar con las estructuras del Antiguo Régimen y elaboró la Constitución de 1812, conocida popularmente como “la Pepa”.
La Constitución de 1812, con 384 artículos, establecía la monarquía como sistema de gobierno, limitando el poder del rey. Proclamaba la soberanía nacional, la separación de poderes, la igualdad ante la ley, la obligación de pagar impuestos según las propiedades, la libertad de pensamiento y expresión, y la confesionalidad católica del Estado. Además, fijaba una organización territorial unitaria y centralizada. Las Cortes también abolieron los señoríos jurisdiccionales, la Inquisición, los gremios, la tortura y aprobaron la libertad de imprenta.
Sin embargo, el regreso de Fernando VII al final de la guerra supuso una marcha atrás, ya que el rey, apoyado por los absolutistas, anuló la obra de las Cortes y la Constitución de 1812, restaurando el absolutismo monárquico.
3. El reinado de Fernando VII (1814–1833)
Fernando VII recobra la corona de España con la firma del Tratado de Valençay en 1813. En 1815 Napoleón, derrotado en Europa, es desterrado a la isla de Santa Elena y las dinastías europeas recuperan el trono que el emperador les había arrebatado. Para garantizar el orden se constituyó la Santa Alianza, formada por Austria, Prusia y Rusia, que se comprometía a acudir en ayuda de cualquier monarca que se sintiera amenazado. Este ambiente será propicio para la restauración del absolutismo en España por obra de Fernando VII, cuyo reinado se divide en las siguientes etapas:
1ª etapa: El Sexenio absolutista (1814-1820)
El rey regresa a España por la frontera catalana, donde la Junta y las Cortes esperaban que jurase la Constitución. Un grupo de diputados, liderados por el duque de San Carlos, firma el Manifiesto de los Persas defendiendo el absolutismo. Fernando VII, desde Valencia, publica un decreto anulando la Constitución de Cádiz y la labor de las Cortes. Se restaura el absolutismo con represión, encarcelamientos y exilio de liberales, devolviendo privilegios a la nobleza y al clero. Se restablece la Inquisición, regresan los jesuitas y se cierran universidades y teatros. Los liberales actúan en la clandestinidad formando clubes y asociaciones políticas. Varios pronunciamientos militares fallan, como el de Díaz Porlier. El periodo termina con el triunfo del pronunciamiento de Riego en 1820, que obliga al rey a jurar la Constitución.
2ª etapa: El Trienio liberal o Constitucional (1820-1823)
Los liberales forman gobierno en Madrid y los exiliados regresan a España. Se reanudan las reformas de Cádiz: se suprimen los mayorazgos y la Inquisición, y se proclama la libertad de imprenta. Los liberales se dividen entre moderados (doceañistas) y exaltados. Nobleza y clero se oponen al ataque a sus privilegios, surgiendo el grupo realista. Los realistas defienden la Iglesia y los fueros antiguos en zonas rurales del norte y este peninsular. La división interna y la oposición dificultan las reformas. La Santa Alianza, reunida en Verona, decide intervenir en España. Francia envía a los Cien Mil Hijos de San Luis, restaurando el absolutismo de Fernando VII.
3ª etapa: La Década ominosa (1823-1833)
Fernando VII impone una dura represión y ordena la ejecución de Riego. Se anulan las medidas liberales y se reinstaura el absolutismo. Los ministros advierten la dificultad de mantener este sistema en plena crisis. La represión inicial da paso a una política más moderada. Cea Bermúdez intenta reformas fiscales para resolver la deuda del Estado. Surgen conspiraciones de liberales y absolutistas intransigentes liderados por Carlos María Isidro. Fernando VII, sin heredero varón, promulga la Pragmática Sanción en 1830 permitiendo reinar a su hija Isabel. Su muerte en 1833 provoca la regencia de María Cristina y el inicio de la Primera Guerra Carlista.
4. El proceso de independencia de las colonias americanas
El proceso de independencia de las colonias americanas se desarrolló durante el reinado de Fernando VII (1814-1833), en un contexto de difusión de ideas liberales entre los criollos americanos, inspirados en el ejemplo de los Estados Unidos y opuestos al control político y económico de España. En 1808, España conservaba casi todo su imperio colonial, desde México hasta Argentina y Chile, incluyendo Filipinas en el Pacífico.
La independencia comenzó aprovechando el vacío de poder provocado por la invasión francesa. Se formaron Juntas de Gobierno controladas por criollos, desplazando a los gobernadores españoles, y surgió el movimiento emancipador. Entre 1810 y 1814 se depusieron virreyes y capitanes generales; José de San Martín lideró la Junta de Buenos Aires, y Simón Bolívar encabezó la emancipación en Nueva Granada y Venezuela. Al volver Fernando VII al trono en 1814, envió al general Morillo para sofocar las rebeliones, logrando éxitos iniciales, pero España enfrentó crecientes dificultades, agravadas por la falta de refuerzos y el apoyo de Estados Unidos e Inglaterra a los independentistas.
En Sudamérica, las tropas de Bolívar desde el Norte y de San Martín desde el Sur derrotaron a los españoles en Ayacucho (1824), poniendo fin a su dominación. México se declaró independiente y Agustín de Iturbide fue proclamado emperador en 1822. Solo Cuba y Puerto Rico permanecieron bajo soberanía española hasta 1898. Esta pérdida relegó a España a una potencia de segundo orden, privándola de mercados y recursos esenciales para su industrialización, mientras que el proyecto de Bolívar de crear una Gran Colombia fracasó.
El legado español en América es profundo: el idioma español se convirtió en predominante, y la cultura dejó huella en el arte y la arquitectura, con iglesias, catedrales y plazas de estilos plateresco, renacentista y barroco, como la Catedral Metropolitana de Ciudad de México o la de Lima. El sistema legal y político se basó en el derecho español, y el catolicismo se estableció como religión dominante. Además, el mestizaje entre españoles, indígenas y africanos esclavizados creó una diversidad étnica y cultural única, reflejada en tradiciones, costumbres y expresiones artísticas.