La naturaleza del juicio: determinante frente a reflexionante
En la modernidad, las verdades se dirimen en juicios. El juicio es la palabra con la que determinamos tanto las enunciaciones científicas como la posibilidad de establecer una máxima. Los juicios explican realidades presentes: por qué la ciencia se pronuncia mediante conceptos y por qué la decisión moral se fundamenta en máximas.
Para comprender el acto de juzgar, debemos distinguir dos tipos de juicios:
- Juicio determinante: Es aquel que establece los límites tanto del objeto como de la ordenación de la conducta.
- Juicio reflexionante: Es aquel que no refiere al objeto, sino al sujeto que emite el juicio.
El arte como juicio estético puro
El reflexionante es la característica principal de las obras de arte. En ellas, el juicio determinante falla porque la belleza nunca logra definir el objeto, dado que el arte es intrínsecamente subjetivo. Lo que transmite una obra de arte es el gusto sin interés, que exige universalidad y genera un placer subjetivo ante la representación del objeto, sin necesidad de un concepto único.
Es fundamental remarcar que, aunque el gusto sensorial pueda ser objetivo, la representación es subjetiva. Por ello, las obras de arte no encajan en nuestras coordenadas históricas: no pueden fundamentarse en la experimentación sistemática (ciencia) ni en la ley moral (derecho). Sin embargo, emiten juicios estéticos puros: son puros porque no son empíricos, pero estéticos porque generan una sensación ante el objeto.
En definitiva, el arte es aquello ante lo cual alguien está dispuesto a emitir un juicio sintético puro: la necesidad de afirmar que “esto es bello”. Esta belleza es irreductible, pues no admite comparación al carecer de una regla común.
La estructura económica y el principio de intercambiabilidad
Nuestra sociedad se basa en una estructura económica donde todo sucede bajo una lógica de intercambiabilidad. Este sistema puede ser descrito físico-matemáticamente y regulado jurídicamente.
La mercancía y el capital
El principio de intercambiabilidad postula que el fin de las cosas es el intercambio mismo. Bajo esta lógica, las cosas se determinan como mercancías. Para que el intercambio sea posible, se requiere un criterio de homologación: el equivalente general, es decir, el dinero.
En la sociedad contemporánea, hablamos de capital en lugar de mercancía. El capital no es solo valor, sino plusvalor o plusvalía, cuyo fin es la producción ad infinitum. El objetivo es producir mañana más de lo que hemos producido hoy.
La fuerza de trabajo como excepción
Mientras que el uso de la mayoría de las mercancías implica su desgaste, existe una excepción: la fuerza de trabajo. Esta es la única mercancía capaz de producir más al ser utilizada. Somos nosotros, los seres humanos, los únicos capaces de iniciar acontecimientos incondicionales en el mundo, convirtiéndonos en el motor de esta producción constante.