Teatro: obras y contexto
La casa de Bernarda Alba
La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, se escribió en 1936 y se estrenó en 1945 en Buenos Aires.
Esta obra de teatro se sitúa en la Segunda República Española, marcada por las ideas progresistas y republicanas. Tras el levantamiento militar de 1936, que dio lugar a la Guerra Civil, el autor fue fusilado y muchos escritores se exiliaron debido a la dictadura franquista. Lorca pertenece a la Generación del 27, la cual supuso una renovación formal y de contenidos. Entre sus contemporáneos destacan Alberti, Salinas y María Zambrano. Esta generación se vio influenciada por las vanguardias y combinó lo clásico con lo popular. Lorca presenta una doble faceta como poeta y dramaturgo: como poeta destacan Romancero gitano (influencia popular) y Poeta en Nueva York (influencia surrealista).
En esta obra aparecen los grandes temas lorquianos: el amor y la muerte, además de otros temas como la frustración, la autoridad frente a la libertad, la tradición frente a la rebeldía y el papel de la mujer en la sociedad de la época. Entre los personajes destacan Bernarda, símbolo de autoridad y tradición, y Adela, que representa rebeldía y libertad; es significativo que no aparezca ningún hombre en escena. Algunos nombres reflejan la personalidad de los personajes y otros hacen referencia a figuras bíblicas, como Magdalena (María Magdalena) o La Poncia (Poncio Pilato). Entre los símbolos destacan el bastón de Bernarda (autoridad), el vestido verde de Adela (rebeldía) y las paredes blancas (pureza). La obra, dividida en tres actos, combina prosa y verso, reproduciendo la cultura popular a través de canciones.
Las bicicletas son para el verano
Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez, se estrenó en 1982 y se publicó en 1984.
Es una obra de género dramático escrita durante la Transición, etapa de recuperación de libertades y derechos tras la dictadura de Franco. Fernando Fernán Gómez pertenece al teatro neorrealista de los años 80, que refleja la vida cotidiana y los problemas sociales, junto a autores como Alonso de Santos o Sanchis Sinisterra. En esta etapa se produjo también un auge de la novela, debido a la desaparición de la censura.
La obra relata la vida de una familia y su vecindario durante la Guerra Civil (1936-1939). Entre sus temas principales destacan la muerte (Julio, marido de Manolita), el hambre (robando lentejas de la cazuela a escondidas), el miedo, la pérdida de derechos y la vida cotidiana durante el conflicto. Sobresale el personaje colectivo, formado por numerosos personajes que representan distintas actitudes ante la guerra (Don Luis con ironía y su mujer, Doña Dolores, con preocupación). Presenta una estructura circular, ya que comienza y termina en la Ciudad Universitaria, con Luisito presente en ambas escenas. Los espacios son mayoritariamente cerrados, lo que transmite una sensación de opresión. El simbolismo de la bicicleta es clave: al principio representa la libertad y la juventud, pero tras la guerra se convierte en una necesidad para trabajar, reflejando la pérdida de la infancia. También es importante el uso del sonido (bombas, radio) y la presencia de la cultura (novelas). La obra se estructura en dos partes, con prólogo y epílogo, siguiendo una cronología lineal.
Historia del teatro español (resumen por décadas)
Desde 1936, España vivió cambios políticos y sociales profundos: la Guerra Civil, la dictadura franquista hasta 1975 y, finalmente, la democracia parlamentaria. Diferentes gobiernos de centro, izquierda y derecha impulsaron avances en distintos ámbitos.
Guerra Civil
Durante la Guerra Civil surgió un teatro de urgencia y de propaganda política, escrito con rapidez (por ejemplo, obras de Alberti y Miguel Hernández, como El labrador de más aire). En el bando sublevado trabajaron autores como José María Pemán (El divino impaciente). También desarrollaron obra en el exilio autores como Salinas y Alejandro Casona (La dama del alba).
Posguerra
En la posguerra la censura condicionó la creación teatral y se dividieron dos líneas. La alta comedia, inspirada en Benavente, ofrecía entretenimiento burgués (Joaquín Calvo Sotelo, Una muchachita de Valladolid, y Edgar Neville, El baile). Hubo un teatro de humor renovado (Enrique Jardiel Poncela, teatro de lo inverosímil; Miguel Mihura, teatro de lo absurdo).
Años 50/60
En las décadas de 1950 y 1960 el teatro reflejó el existencialismo. Destacan Alfonso Sastre (Escuadra hacia la muerte) y Lauro Olmo (La camisa). Antonio Gala comenzó su producción. La obra de Buero Vallejo atraviesa tres etapas: existencialista (por ejemplo, Historia de una escalera), social y de renovación formal.
Hacia 1970
Hacia 1970 surgió un teatro renovador y experimental. Francisco Nieva y Fernando Arrabal (por ejemplo, Pic-nic) destacaron en esta línea. Aparecieron grupos de teatro independiente, como el TEI, La Cuadra o Akelarre.
Años 80
En los años 80 se retomó la tradición del teatro neorrealista, centrado en temas de actualidad como la droga y la delincuencia. Ejemplos y autores de la época son Fermín Cabal (Tú estás loco, Briones), José Luis Alonso de Santos (Bajarse al moro) y Fernando Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano).
Años 90 – actualidad
Desde los años 90 hasta la actualidad, el teatro ha reflejado el deslizamiento del público hacia lo privado y una mayor atención a los sentimientos. Entre los autores contemporáneos destacan Sergi Belbel (Caricias) y Juan Mayorga (El chico de la última fila).
Poesía española: evolución y tendencias
Poesía
Durante la Guerra Civil destacó la figura de Miguel Hernández; su poesía surge en la transición entre las innovaciones vanguardistas y la rehumanización. Los poetas del 27 giraron en torno a tres temas principales: amor, muerte y vida. Entre sus obras destaca El rayo que no cesa.
Tras la guerra, muchos poetas de la Generación del 27 se exiliaron; también lo hicieron Juan Ramón Jiménez y León Felipe. En los años 40 surgieron tendencias minoritarias como el Grupo Cántico y el postismo. Se desarrollaron dos corrientes principales: la poesía arraigada (Luis Rosales y Leopoldo Panero, por ejemplo La estancia) y la poesía desarraigada, de carácter existencialista (José Hierro, Gabriel Celaya —Las cosas como son— y Blas de Otero, máximo exponente de la poesía social en los años 50).
En los años 60 aparece la Generación del 50, que supuso una renovación poética con un enfoque social y humanista (Ángel González, Jaime Gil de Biedma —Compañeros de viaje— y José Agustín Goytisolo). También inicia su carrera Gloria Fuertes.
En los años 70 se da la poesía experimental de los Novísimos o Generación del 68. Se divide en dos tendencias: los culturalistas y surrealistas (con Pere Gimferrer como representante) y la corriente coloquial e irónica (Manuel Vázquez Montalbán).
Entre 1980 y finales de siglo surge la llamada «poesía del silencio», con autores como Jaime Siles y Clara Janés (Rosa de fuego). Se consolida la poesía de la experiencia con Luis García Montero (El jardín extranjero).
En el siglo XXI la poesía muestra un mayor compromiso social. Autores citados en la actualidad incluyen a Fernando Beltrán (El hombre de la calle), Benjamín Prado y poetas de éxito como Marwan.
Poesía lírica clásica
La poesía lírica aparece en Roma entre el siglo I a. C. y el siglo I d. C. Para que surgiera como género independiente se tuvieron que producir tres hechos: el cambio del estatus social y económico de los poetas, una nueva forma de entender la poesía y la relación del poeta con su público, y la existencia de lectores cultos interesados en la literatura.
En el siglo I a. C. surgen los poetae novi, un grupo de jóvenes poetas que cultivan una poesía personal y refinada, alejada de la épica y la política. Escriben poemas breves, cultos y cuidados, a menudo de tema erótico, y buscan la perfección formal. Sobresale la figura de Catulo.
Catulo nació en Verona, en una familia acomodada, y se trasladó a Roma. Vivió una relación amorosa intensa y conflictiva con Clodia (mujer de un cónsul), a la que llamó Lesbia en sus poemas. Tras un viaje a Asia Menor, regresó a Roma y murió con treinta años.
Su obra se conserva en un libro dividido en tres secciones: una primera con poemas breves y ligeros, una segunda con poemas más largos de tema mitológico y una tercera con epigramas en dísticos elegíacos. En sus poemas trata sentimientos personales como el amor, la amistad, el odio y la pasión; Lesbia encarna la furia devastadora y aparece idealizada.
Además destaca Horacio, que nació en el sur de Italia en una familia modesta y recibió una excelente educación. Viajó a Atenas, participó en el ejército y, al volver a Roma, entró en el círculo de Mecenas, lo que le dio estabilidad económica. Tuvo buena relación con Augusto, aunque rechazó ser su secretario para no perder su libertad. Murió en Roma.
La obra más importante de Horacio son las Odas, inspiradas en los líricos griegos arcaicos (Alceo, Safo y Píndaro), con una lírica muy cuidada y perfecta. En ellas, Horacio se presenta como un moralista e insiste en la aurea mediocritas. Da importancia a la fugacidad de la vida y utiliza el carpe diem, que consiste en vivir el presente con la máxima intensidad sin preocuparse por el mañana. Canta a la serenidad y trata temas civiles y nacionales, además del amor. En su lírica aparece la descripción del campo según el locus amoenus, un paisaje donde tienen lugar ágapes (momentos de reposo), y el tema del angulus, un pequeño rincón del mundo.
Además de las Odas, escribió Epodos (gran variedad de temas: invectivas, amor, temas civiles), el Canto secular y las Epístolas.
Oratoria
Mediados del siglo II a. C., los romanos empezaron a adoptar y asimilar los estudios de retórica griegos y, a partir de ellos, clasificaron los discursos:
- Discurso político: se pronunciaba ante la asamblea y buscaba convencer a los oyentes para tomar una decisión.
- Discurso demostrativo: alababa o criticaba a una persona.
- Discurso judicial: se pronunciaba ante un tribunal para conseguir la condena o la absolución de un reo.
En la composición del discurso, los oradores seguían cinco pasos: inventio (selección de argumentos), dispositio (ordenación lógica), elocutio (elaboración formal), memoria (métodos para recordar lo que debían decir) y actio (técnicas para reforzar el discurso con voz y gestos).
Un buen discurso contenía estas cuatro partes clásicas: exordium (parte inicial que llama la atención de los oyentes —captatio benevolentiae— y presenta el tema), narratio (exposición de los hechos y presentación de la situación), argumentatio (defensa de los argumentos a favor y refutación de los contrarios) y peroratio (resumen final, buscando que los oyentes apoyen al orador).
Modelos y oradores romanos
En Roma, en el siglo I a. C., se heredó de Grecia el debate entre dos modelos de oratoria: la escuela asiática (Asia Menor), que buscaba expresividad y musicalidad, y la escuela aticista, de estilo simple, claro y discursivo. Cicerón fue el orador más famoso; logró un equilibrio entre ambas escuelas y dejó a otros oradores en un segundo plano. Nació en el sur de Roma en una familia acomodada y comenzó su carrera política como homo novus. Reprimió la conjuración de Catilina, fue exiliado y, tras la muerte de César, regresó a la vida política apoyando inicialmente a Octaviano; se opuso a Marco Antonio y fue asesinado en el contexto de las luchas políticas de la época. Cicerón cultivó casi todos los géneros literarios, destacó como orador y su oratoria estuvo muy unida a los acontecimientos políticos de la República.
Sus principales discursos son:
- Verrinas: Cicerón acusó al exgobernador Verres por robos en Sicilia. Solo pronunció el primer discurso porque Verres huyó y fue condenado por no presentarse al juicio.
- Catilinarias: cuatro discursos deliberativos contra la conspiración de Catilina, denunciando un golpe de Estado y pidiendo la condena de los conspiradores. En ellos introduce la prosopopeya y dirige la palabra directamente a Catilina en algunos pasajes.
Cicerón escribió obras retóricas y políticas; en El orador explica que el orador ideal debe convencer, conmover y deleitar. Fue el primero en escribir una historia de la oratoria y practicó un asianismo moderado, con gran capacidad para fascinar al público, un léxico muy rico y un estilo basado en la simetría.
En época de Augusto, el Senado perdió la capacidad de decisión política a favor del emperador, por lo que la oratoria deliberativa perdió sus funciones al faltar la libertad. Como consecuencia, surgieron dos nuevas formas de oratoria: las suasoriae (discursos ficticios para convencer a un personaje del mito o de la historia para que realice una acción) y las controversiae (presentaciones de problemas jurídicos desde distintos enfoques, en las que destacaba la habilidad formal, el estilo brillante y la originalidad).
Quintiliano nació en Hispania, ejerció la enseñanza y la abogacía y después fue maestro de retórica en Roma. En su tratado Institutio oratoria, en doce libros, expone la formación cultural, moral, escolar e intelectual del orador ideal.
Vanguardias
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